Roma la ciudad de las siete colinas

Cuando hablamos de la fundación de Roma, se nos viene a la mente la leyenda de Rómulo y Remo, que nos muestra el comienzo, de forma mítica, de la Roma que se convirtió en Grande. Repasemos un poco, el inicio de una de las grandes cavilaciones del mundo, así como un poco del real escenario de sus inicios.

La leyenda nos narra que 23 años depuse del inicio de la cronología griega (575 antes de Cristo), se fundó en el Lacio una pequeña ciudad que la historia denominaría “eterna”. Esa pequeña ciudad fue Roma, que lograría crear un imperio mundial y marcaría su huella en el mundo entero. Roma fue Siglos y Siglos, el centro del mundo: “Todos los caminos llevan a Roma”.

Rómulo y Remo alimentados por una loba – autor: Benutzer:Wolpertinger, subida a Wikipedia por Nyenyec, copyright expirado.

En el Lacio, el país de los latinos, había varias ciudades y una de las más antiguas era Alba-Longa, fundada por el troyano Jules, llegado al Lacio con su padre Eneas, después de diversas aventuras (contadas por Virgilio en la Eneida). Reinaba allí, en el siglo VIII antes de Cristo, un rey llamado Numitor, hombre apacible y bueno; su hermano menor Amulio, cruel y ambicioso, expulsó a aquel rey del trono y mandó asesinar al hijo de Numitor y consagrar a su hija al servicio de la diosa Vesta, protectora de la familia y del hogar, para impedir que Numitor pudiera tener herederos.

Las vestales se ocupaban de mantener el fuego sagrado que ardía en el altar de la diosa y estaban obligadas a la más rigurosa castidad. Pero Marte, dios de la guerra, se enamoró de la encantadora princesa y de su unión nacieron dos gemelos: Rómulo y Remo. Asustado el cruel Amulio, ordenó que arrojaran a los dos gemelos al Tíber, pero el servidor del rey, más piadoso que su señor, deposito a los niños en una cesta y los confió a las aguas del río. La cesta se detuvo en una orilla y el dios Marte se apiadó de sus hijos y mando a uno de los animales que le estaban consagrados que prestara auxilio a los niños: una loba sedienta vino a beber a la orilla del rió y los alimento con su leche.

Un pastor que descubrió a los dos niños, los llevó a su casa y cuidó de ellos. Los pequeños crecieron en un ambiente sano y junto a los hijos de los pastores y se fortalecieron luchando con las fieras y los bandidos. Un día, Numitor los encontró y por las preguntas que hizo al pastor acerca de ellos intuyo que se trataba de sus nietos. Numitor les reveló todo el daño causado por Amulio; entonces, Rómulo y Remo, reunieron una tropa de pastores que se apoderaron del usurpador, le dieron muerte y luego devolvieron el trono a su abuelo. Ellos se instalaron en una colina, cerca del lugar donde fueron alimentados por la loba y la rodearon con un muro de piedra. Así cuenta la leyenda los comienzos de la ciudad de Roma.

La leyenda de los Horacios – autor: Jacques-Louis David, subida a Wikipedia por Grendelkhan, copyright expirado.

Rómulo fue el primer rey de la ciudad, pero Remo, envidioso, quiso demostrarle su superioridad insultándolo en público y saltando por el muro que su hermano había construido. Rómulo se encolerizo tanto, que se abalanzo sobre su hermano y lo mató, exclamando: “Esto le ocurrirá a quien atraviese los muros”.

Para que la ciudad creciera con mayor rapidez, Rómulo dio asilo a los fugitivos de todos los poblados y aldeas cercanos, y ello motivó que acudieran a establecerse en Roma muchos desterrados y aventureros. A causa de ello, los pueblos vecinos no quisieron mantener contacto con una población de tan dudosa fama. Entonces, a Rómulo se le ocurrió organizar una fiesta religiosa seguida de grandes concursos deportivos. Con este pretexto, los habitantes de otras ciudades que deseaban visitar la nueva urbe, decidieron hacerlo, pese a la reputación de sus habitantes. Los sabinos, pueblo originario de los Apeninos, acudieron en tropel. Durante las competiciones, y a una señal de Rómulo, los romanos se abalanzaron sobre los espectadores y raptaron a las muchachas sabinas.

Cuando los invitados regresaron, a sus hogares y se recobraron un tanto, reemprendieron el viaje a Roma para castigar a Rómulo y a sus insolentes súbditos. El combate fue terrible, pero las sabinas, desmelenadas y desgarrados los vestidos, mediaron en la refriega para separar a los combatientes. El hecho no tenía remedio: ya eran esposas de los romanos, por eso suplicaban a los sabinos: ¡No maten a nuestros maridos! Y a los romanos: ¡No maten a nuestros padres y hermanos! Esta inesperada intervención ocasiono una reconciliación general: los antagonistas no sólo pactaron la paz, sino también un tratado de alianza. Romanos y sabinos formarían un solo pueblo y ambos se establecerían en una de las colinas de Roma. Así, al menos, narra la leyenda.

7 colinas y un mundo pujante.

Hasta aquí todo formo parte de la leyenda. Pero Roma no se hizo en un día”. La época del primer asentamiento humano en Roma se remonta, sin duda, más allá de 753 antes de Cristo, quizás antes del año 1000. Es evidente que el desarrollo de la ciudad no puede explicarse sólo por la energía de su población, sino, que contribuyeron también circunstancias geográficas y económicas. Roma era una de tantas ciudades de antaño, que tenia una posición exclusiva en el Tíber. Roma era, pues, el lugar del Lacio que mejor se prestaba al establecimiento de una ciudad fortificada y comercial. Levantada al principio sobre una colina, se fue extendiendo depuse hasta ocupar siete, por lo que se denomino La Ciudad de las 7 colinas.

Las siete colinas de Roma – imagen de Wikipedia, autor: Fca1970.

En la antigüedad, más que ahora, la urbe era un organismo vivo y sus habitantes vivían con mayor intensidad que nosotros la vida de su ciudad. Y ninguna como Roma supo captar la preocupación de sus ciudadanos: ninguna otra despertó un orgullo semejante, un patriotismo igual, a la vez noble y mezquino. Para los romanos, estaba por encima de las demás. Roma era la ciudad por antonomasia.

Valora esta noticia: 1 estrella2 estrellas3 estrellas4 estrellas5 estrellas (1 votos, media: 5,00 de 5)
5 5 1
Loading ... Loading ...