Napoleón Bonaparte, debilidades de un mito

Napoleón Bonaparte es un mito histórico. Una figura denostada y alabada a partes iguales. Lo que nadie puede discutir es que se hizo dueño y señor de media Europa, situando a capricho a sus hermanos en los principales reinos de ella. Pero el Emperador, como todos los hombres, también tuvo sus pillerías y debilidades. Y esas son las que proponemos aquí a la curiosidad del lector. Esperamos que sean de su agrado y ayuden a contemplarlo desde otra perspectiva.

No cabe duda de que todos los mitos tienen su parte humana. Hasta algunos dioses griegos tuvieron la debilidad de raptar hermosas doncellas para procrear con ellas. Y Napoleón no iba a ser una excepción. Monstruo para unos, genio militar y político para otros. Lo que es indudable fuera de polémicas es que era un ser humano y, como todos los de su especie, tenía sus flaquezas.

Apodado “Napoleón el Grande” por Víctor Hugo, pocas personas pueden presumir de una existencia tan intensa y de una prosperidad tan fulgurante como él. General de Brigada a los veinticinco años, emperador a los treinta y cinco, prisionero en Santa Elena a los cuarenta y seis, tuvo el mundo a sus pies y dejó entre sus partidarios una estela de admiración que aún hoy perdura en los descendientes de éstos.

Pero no nos proponemos aquí hacer una biografía al uso del mito. Todo lo contrario. Intentaremos mostrar, con toda la comprensión posible, las debilidades de la persona.

Napoleón no fue un buen militar. El hecho de que luego conquistase media Europa y su planteamiento de las batallas se estudie todavía hoy en las academias militares no contradice lo que decimos. Si no hubiera sido por pillerías propias y por las circunstancias de su época, probablemente su carrera habría sido muy corriente, siendo benévolos. Desde su graduación en la escuela militar, en 1.785, hasta 1.792, el corso estuvo en activo treinta y dos meses ; es decir,  de siete años, pasó en el cuartel dos años y ocho meses ; el resto estuvo pidiendo y disfrutando permisos de seis meses. Todo ello con el agravante de que su país estaba en guerra contra media Europa.


A mayor abundamiento, siendo oficial del ejército francés, se puso a disposición del caudillo independentista corso Paoli. Después, siendo ya capitán, regresará a Córcega para reprimir a sangre y fuego a las fuerzas de aquél. Pero, entre medias, se las ingenió para ser elegido en su isla natal teniente coronel segundo, habiendo obtenido 522 votos de un censo de ¡ 492 votantes!

En 1.793, se instala definitivamente en Francia con su familia. Allí hace todo lo posible por ser grato a los extremistas de la Convención, los jacobinos, que están en el poder. Pero ello no le impide relacionarse de forma seria también con monárquicos y girondinos.

En fin, para no alargar mucho el relato de su carrera militar, baste señalar una anécdota. Cuando se rumorea por París que nuestro hombre – venido de obtener un éxito militar al mando de las fuerzas que reconquistan Tolón – reclama ser ascendido a general, su jefe en aquella operación, Dugommier, comenta : “ Si no se le asciende, este oficial se ascenderá solo. Pues, ¡qué diantre, se le asciende!”.

Acerca de sus enfermedades, se ha escrito tanto que sería muy prolijo detenerse en ello. Se le ha hecho paciente de enfermedades venéreas, de ira, de la piel, de complejos psíquicos varios, de impotencia y hasta de hemorroides.

Uno de los hitos de Napoleón como político es la creación del Código Civil que lleva su nombre y que, con leves modificaciones, es el que rige hoy el mundo civilizado. Lo cierto es que el corso se limitó a promulgar una ley (13 de septiembre de 1.807) donde dispone que el “Code Civil des Français” sea conocido de ahí en adelante como “Code Napoleón”, y a introducir unas pequeñas reformas al Código  aprobado por la Asamblea Constituyente en 1.790, que iban encaminadas, sobre todo, a favorecer sus intereses personales. Por cierto que la Revolución había votado, en 1.791, la ley antiobrera conocida como “Le Chapelier”.

Uno de los episodios más cómicos de los anales del Imperio fue el asunto de buscarle un santo al Emperador, aunque ello, más que achacable a su persona, debe serlo a los pelotas que siempre merodean en torno al poder. Éstos se apresuraron a marcar como fiesta nacional el día del santo patrón del corso. Puestos a buscar, hallaron que no existía ningún San Napoleón, y eso que se consultó hasta a cardenales. Resultó ser que “Napoleone” era un apodo popular que en Italia se ponía a los emigrados de Nápoles. Pero ello no desanimó a los cobistas y, así, se proclamó santo del Emperador el día de su nacimiento, el quince de agosto. Al final, fue posible encontrar un San Napoleón, hecho que casi cuesta la vida al nuncio papal en París, Caprara, que desfalleció en su carrera hasta el palacio imperial para dar la noticia a Bonaparte. Era un mártir torturado por Diocleciano en Alejandría en el año 291. Además, ni hecho a propósito, pues había sido general. El Emperador se apresuró a distribuir por toda Francia un folleto que ordenaba celebrar la fiesta.

Por otra parte, hay dos aspectos en los que la valía de Napoleón es indiscutible: su capacidad de liderazgo y su portentosa memoria, de la cual le gustaba hacer alarde. No obstante, en lo referente a su capacidad para retener las cosas, hay que señalar que el Sire utilizaba algún que otro truco y que ésta le falló en algunas ocasiones, como cuando confundió el río Elba con el Ebro – en francés se parecen más : “Ebre” y “Elbe”- o Smolensko con Salamanca.

Hacíamos antes mención al carácter iracundo del personaje. Pues bien, éste se agudizó en sus últimos años. Durante su estancia en Santa Elena, los ingleses lo trataron a cuerpo de rey (nunca mejor dicho). Tenía treinta servidores a su disposición, botellas de buen vino y champán, comida en abundancia, etc. Digamos que todo lo que hizo durante su reclusión iba destinado a posar para la posteridad, pero los que tuvieron que sufrirlo debieron padecer de veras, pues fue el peor huésped posible y se dedicó a despotricar contra todo y contra todos.

No cabe duda de que todos los genios tienen sus grandezas y sus miserias. Aquí nos hemos propuesto mostrar la otra cara del hombre que, con su genialidad para la batalla, conquistó media Europa. No nos resistimos a reproducir las palabras de la Emperatriz “Sissi” cuando visitó la casa familiar de Napoleón : “¡Qué gran hombre era! Lástima que se empeñase en ser emperador”.

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