El reformismo borbónico en el siglo XVIII

Las reformas emprendidas por Carlos III se caracterizaron por reajustar la política fiscal, descentralizar la administración colonial (con la creación de dos nuevos virreinatos) y abrir el comercio, aunque conservando el monopolio peninsular.

borbones

Cuando hablamos de reformismo borbónico, lo estamos haciendo en referencia al caso de España con Carlos III, aunque en Portugal con José I también se llevaron a cabo unas medidas semejantes. Hay que entender este reformismo como un cortafuego ante la expansión de las ideas liberales durante el siglo XVIII. Las dos potencias europeas que mayores posesiones tenían en América vieron cómo el sistema colonial se podía tambalear ante la introducción de las ideas de los pensadores ilustrados. Por lo que era el momento de reformar este sistema para mantenerlo vigente y evitar una fractura irreparable. Se pretendía mantener el control sobre las instituciones económicas, administrativas y políticas en América a través de una serie de medidas que salvaguardaran las relaciones de dependencia entre metrópolis y colonias.
Las reformas emprendidas por la monarquía absolutista de Carlos III las podemos clasificar en tres tipos: administrativas, fiscales y comerciales. Con las reformas administrativas, Carlos III daba paso a la creación de dos nuevos virreinatos (Nueva Granada y Río de la Plata), que se sumaban a los existentes del Nueva España y el Perú; además de la implantación del sistema de intendencias, que estaría compuesto por personas provenientes de la Península Ibérica; y la aparición de los corregimientos, que vendrían a ser algo así como la circunscripción administrativa mínima del sistema colonial español. En cuanto a las reformas fiscales venían a crear nuevos impuestos que gravaban productos de lujo como el tabaco o el aguardiente, al mismo tiempo que aumentar otros ya existentes como la alcabala, lo cual a la larga mermó el bajo poder adquisitivo de la población americana.
Sin embargo, las reformas que más peso tuvieron fueron las comerciales. Los comerciantes americanos vivían oprimidos ante las ventajas que poseían los peninsulares, pues gozaban de todo tipo de privilegios. En este sentido, Carlos III trató de reducir este desajuste a través de una serie de medidas como la autorización del comercio interprovincial en América. No obstante, el monopolio peninsular perduró. La única manera de saltárselo era recurriendo al contrabando, el cual era manejado por los ingleses. En este contexto se promulga el Reglamento del Libre Comercio de 1778, concebido más bien como una medida de defensa frente al mercado negro y al cual estaría bien dedicarle un post en exclusiva. Además, también se rompe la política del puerto único, descentralizando el comercio y activando puertos como el de Buenos Aires en América o el de Bilbao en España.

Foto: Charlie Phillips

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