El Imperio Carolingio, el origen de la monarquía feudal

El Imperio de Carlomagno fue posible gracias a la política expansionista que el reino franco realizó en el exterior, llegando a la Península Itálica, la Península Ibérica o, incluso, hasta Europa del Este.

Durante el siglo VII, se produjo en el reino franco un fenómeno decisivo para entender la construcción de las monarquías feudales. Los reyes dejaron los asuntos de Estado en manos de una serie de funcionarios de alto rango: los mayordomos de palacio. Con el tiempo, estos mayordomos de palacio, concentrados en Austrasia, una de las dos partes del reino franco (la otra recibía el nombre de Neustrasia), acumularon un gran poder, dando inicio a toda una dinastía en la que destacan gobernantes como: Pipino «el Joven», Carlos Martel o Pipino «el Breve». Con un golpe de Estado, apoyado por el Papa Esteban II, necesario para legitimar el asalto a la corona, Pipino «el Breve» fue proclamado rey de los francos. De esta manera, fundó la dinastía carolingia, que se comprometía a defender al papado del avance lombardo.

Tras la muerte de Pipino «el Breve», Carlomagno se hizo cargo del reino, convirtiéndolo en un imperio, el primer imperio medieval europeo. El Imperio Carolingio se formó gracias a las exitosas campañas exteriores de Carlomagno: en la Península Itálica se apoderó del reino lombardo, en la Península Ibérica intervino contra los musulmanes y en el Este de Europa atacó a avaros, frisios, sajones y eslavos. Para consolidar su poder sobre este vasto territorio logró que los miembros de los sectores terratenientes se aliaran entre sí y con él mismo mediante juramentos especiales de lealtad, que se recompensaban con tierras conquistadas y absoluta jurisdicción sobre sus súbditos.

Esta política, basada en lazos de dependencia personal conectados con el poder político, supone el origen de la monarquía feudal, así como del propio feudalismo institucional. Además, sirvió para asegurar a Carlomagno el suministro de guerreros con el fin de controlar el territorio. En este sentido, también se establecieron una serie de territorios, denominados «marcas», que servían de frontera al Imperio Carolingio frente a los pueblos extranjeros.

De esta manera, se unificaban casi la totalidad de las tierras del antiguo Imperio Romano de Occidente: frente a los musulmanes, la Marca Hispánica; frente a los bretones, la Marca Bretona; y frente a los eslavos, la Marca Soraba. De esta manera, también se aseguraba la conversión al catolicismo de todo los territorios controlados por Carlomagno. Como agradecimiento, el Papa León III le coronó Emperador de Occidente, incluido Roma, naciendo un nuevo poder: el Sacro Imperio Romano Germánico. En definitiva, el Imperio Carolingio, con capital en Aquisgrán, se presentó como principal defensor de la Iglesia, fusionando elementos romanos, germanos y cristianos. A su vez, la Iglesia se consolidaba como el único poder que podía nombrar emperadores.

Foto: Manuel M. V.

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