El fin del imperio romano en la Península Ibérica

Una crisis Feudal, así como diferentes problemas políticos en Roma, sumados a las invasiones Bárbaras; hicieron que Roma prontamente se sienta debilitada en muchas de sus Colonias. Tal es el caso de la Península Ibérica, que finalmente fue siendo desligada del la tutela del poder Romano.

Roma ya no era la misma. Definitivamente el poder glorioso que había alcanzado, estaba desapareciendo lentamente. En medio de una Crisis Feudal, y agobiada por problemas políticos, tanto internos como externos, la Península Ibérica fue poco a poco siendo sustraída el poder Romano.

Tras varios siglos de presencia en la península Ibérica, el Imperio Romano experimentó en el siglo III d. C. una profunda crisis económica, política y social. La debilidad de su poder posibilitó la progresiva penetración de pueblos bárbaros en la Península -suevos, alanos, vándalos- y su posterior asentamiento en ella.

Muralla romana en Ampurias – imagen de Wikipedia, autor: David Mateos García.

De entre todos estos pueblos bárbaros, los visigodos fueron los que establecieron una mejor relación con Roma, lo que les permitió tomar lentamente el relevo en el control de la península Ibérica, que se consolidó con el establecimiento del reino de Toledo por parte de Leovigildo I, ya en el siglo VI.

El reino de Toledo, continuador del romanismo bajo imperial, vio truncada su evolución en el mundo altomedieval por la expansión del Islam, que incorporó la Península a principios del siglo VIII bajo la órbita oriental del imperio musulmán. Frente a éste, algunas de las nuevas formaciones político-sociales surgidas en los reductos montañosos del norte se declararon, aún sin serlo, herederas de la cristiandad vencida y del perdido reino visigodo.

Las obras públicas y defensivas, el avituallamiento de Roma, la densa trama burocrática, el ejército regular, los servicios militares prestados por pueblos bárbaros federados y el enquistamiento de los nuevos poderosos en la administración, convirtieron al estado romano en una maquinaria fiscal que extorsionaba al pequeño campesinado propietario.

Maquinaria fiscal, que no se daba cuenta que existían problemas más allá del económico. Era casi inevitable, que Roma sea lentamente atrapada por una crisis ineludible que, se desencadenara en el Sistema Feudal.

Ante las perentorias necesidades políticas y para asegurar la recaudación, el Estado vinculó al campesinado a la tierra. Finalmente, la imposibilidad de subir aún más los impuestos facilitó la irrupción de la oleada germánica en las provincias. Cuando en 476 el último emperador fue destronado, hacía ya setenta años que los germanos se habían instalado en Hispania.

Teatro romano de Mérida – imagen de Wikipedia, autor: Elemaki.

Colonato y militarización

Los poderosos enriquecieron su patrimonio territorial y su red clientelar desde su privilegiada situación en la administración imperial. Se rodearon de servidores armados mediante fidelidades juramentadas hasta monopolizar el poder local. Acogiendo bajo su tutela a campesinos incapaces de costear los impuestos y apropiándose de sus bienes, extendieron el patrocinio y el colonato, al tiempo que sustraían al Estado un número creciente de contribuyentes que quedaban bajo su directa dependencia.

La encomendación obligaba a los humildes a entregar sus tierras al protector, aunque las seguían trabajando como tenientes, pagando una renta anual en especie. Mientras, el resto de pequeños propietarios seguía soportando las cargas fiscales y arruinándose cuando fallaban las cosechas.

La enajenación generalizada de las obligaciones para con el Estado coincidió con el incremento de las necesidades militares ocasionado por la convergencia sobre el limes de las migraciones germánicas -los saqueos de francoalamanes y mauros llegaron a Hispania- y por las aspiraciones de algunos generales que desguarnecían las fronteras para autocoronarse.

Las reformas introducidas por Diocleciano (284-305) supusieron el atrincheramiento del Imperio, intentando consolidar bases logísticas en las provincias para sostener su tambaleante estructura.

Roma se estaba encapsulando, en sus provincias, para no perder el control, esto terminaría convirtiéndose en fracaso, pues fue razón del tiempo, para que Roma perdiera influencia en muchas de sus provincias: tal es el caso de la Península Ibérica.

Puente romano en Córdova – imagen de Wikipedia, autor: Panchurret.

Invasores: Suevos, Vándalos y Alanos.

Desde antaño la infiltración pacífica de bárbaros en las tierras del Imperio no había constituido peligro alguno, ya que permitía su progresiva romanización. Pero la creciente presión de los germanos en la frontera obedecía a una migración generalizada, forzada por otros pueblos asiáticos que, como los hunos, los empujaban hacia Occidente. Estas invasiones masivas, hicieron imposible el proceso de asimilación y obligaron al Imperio a hacerles frente.

En el 409, después de cruzar el limes, los germanos llegaron a la península Ibérica. La fracasada sublevación del general Gerontius abrió las puertas de Hispania a suevos, vándalos y alanos a cambio de recibir apoyo militar.

Los suevos y vándalos asdingos se asentaron en Galicia y norte de Portugal, los vándalos silingos en la Bética y los alanos en la Lusitania y la Cartaginense. Sólo la Tarraconense seguía vinculada a Roma, desde donde se encargó la recuperación de las provincias a los visigodos.

Así, a partir de 454 los visigodos acabaron con las correrías bagaudas en el valle del Ebro, sometieron a los pueblos montañeses del norte, expulsaron a los vándalos a África, exterminaron a los alanos y arrinconaron a los suevos.

Es decir, los visigodos terminaron adueñándose de un territorio en el que Roma casi ya no tenia influencia, y donde ya no daba muestras de su antiguo poderío. Roma no tuvo otra opción que ceder a negociar en tierras donde ya no tenia influencia política.

Se acordó firmar un tratado, donde los Visigodos adquirían autonomía política, y obtenían muchos otros beneficios, Roma por un lado, solo quedaba como espectadora. Todo esto se convertiría en un presagio de lo que finalmente seria el destino romano.

Los visigodos y Roma

El tratado de federación (foedus) entre Roma y los visigodos les permitió seguir siendo una nación libre, unida y autónoma, conservando su propia organización sin fundirse -pese a ser una minoría- con la población de los territorios que ocuparon. Sólo el rey godo quedaba sujeto a la autoridad imperial romana.

En el 418 un nuevo foedus los instaló en la Galia, entre Tolosa, Narbona y Burdeos, desde donde iniciaron su primera proyección hispana. El éxito de sus misiones conllevó la sedentarización de los primeros contingentes visigodos como guarniciones fronterizas frente a cántabros y vascones. La transformación del mapa europeo con el nacimiento de los reinos germánicos, incluido el visigodo de Tolosa, supuso su primera y efímera organización estatal.

La derrota Visigoda frente al expansionismo franco en el 507 les obligó a trasladar su corte al sur, a Hispania.

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