Claves históricas del pueblo palestino

Hacia el año mil quinientos (a. C.), la ruta que va desde el Líbano, Fenicia y Siria, hasta el Mar Rojo, se puebla de tribus nómadas que se introducen en Palestina.

Casi todas las gentes que componen esos grupos deambulantes tienen un origen étnico común, es decir, conforman y constituyen una misma raza, la semita. Al principio se hallaban dispersos y divididos entre numerosos clanes y grupos, contabilizándose hasta un total de veinte tribus; su primer intento de unión se realiza en compañía del pueblo arameo.

La historia de estas tribus nómadas se narra en el Antiguo Testamento, en el cual se afirma la común descendencia de todas ellas; parece ser que fue el clan de Abraham, y los hombres que lo componían, el grupo originario de la formación del pueblo hebreo. Desde entonces, tendrán lugar diversas claves históricas que conformarán, a su vez, las distintas pautas míticas y rituales de aquél tiempo. Vamos a desglosar éstas y aquéllas, a continuación, para una mejor comprensión de su alcance y trascendencia.

Ur-Nassiriyah

Ur-Nassiriyah

El punto de partida histórico es la ciudad de Ur, que algunos historiadores indentifican con la ciudad de los sumerios -pueblo no semita que habitó el sur de Mesopotamia, «ciudad o tierra entre ríos», durante el tercer milenio a. C.-, de aquí partieron los descendientes del patriarca Abraham hasta quedar cautivos en Egipto; más de cuarenta años permanecerán en tierras egipcias, extrañas para ellos.

Hacia el año 1250 (a. C.), algunas tribus hebreas, dirigidas por Moisés, inician un éxodo hacia la llamada tierra prometida. Puede hablarse, en rigor que termina la esclavitud a la que habían estado sometidos y, desde ahora, se embarcarán en una de las mayores empresas humanas, a saber, la de su unificación en torno a lo trascendente. Moisés intentará fundar una religión monoteísta y exclusiva del pueblo hebreo.


Monte Sinaí

Monte Sinaí

El monte Sinaí aparece como el escenario en el que el único dios, Yahvé, revela a Moisés sus planes para con el pueblo elegido y predilecto. Un dios poderoso, invisible y lejano, pacta con el hombre Moisés, cuya principal característica es su debilidad e indefensión ante los egipcios.

Una zarza que arde sin consumirse atrae la atención de Moisés que ve en tal hecho una manifestación de grandeza y pureza, atributos que asocia a su dios Yahvé. De este modo, y mediante las «Tablas de la Ley», Moisés inicia la conformación social y religiosa del pueblo hebreo.

Aproximadamente, es a partir del año 1200 (a. C.), cuando las doce tribus de Israel forman una especie de confederación en la cual se agrupan todos los semitas y, al mismo tiempo, se afianza su asentamiento en Palestina; los Jueces gobernarán, durante más de dos siglos, la citada confederación de tribus hebreas, ellos vigilarán el cumplimiento de la «Ley» revelada por Yahvé y se encargarán de asegurar el cumplimiento del culto debido a su deidad.

En esa misma época, deciden adoptar una forma política de gobierno mediante la cual puedan defenderse y unificar sus fuerzas a la hora de plantar cara a determinados pueblos, por ejemplo los filisteos -llamados también «pueblos del mar»- que intentan adentrarse por las costas palestinas. Debido a los avatares y luchas que mantienen contra aquéllos y contra otros grupos que ocupan el lado Este de Jordania, surgen en Israel determinados jefes y caudillos con gran ascendiente.

El primero de estos caudillos es Saúl, proclamado rey a causa de su entereza en la lucha contra los enemigos de su pueblo, hace ya más de tres mil años. Sin embargo, aunque siempre salió victorioso de las batallas que libró contra los amonitas, al final los filesteos lo derrotan y muere en la planicie de Jezrael, víctima de las flechas enemigas. Su cuerpo fue colgado en las paredes de un templo filisteo erigido en honor de la diosa Venus.

Hebrón en la actualidad

Hebrón en la actualidad

A Saúl le sucede su hijo David, que será proclamado rey en la ciudad de Hebrón, hacia el año 1006 (a. C.).

La ciudad de Jerusalén, que hasta entonces pertenecía a los cananeos -tribu sedentaria, es decir, no nómada, que practicaba la agricultura, y desarrollaba su actividad social y vital en la zona de Palestina-, fue conquistada por David y erigida en capital del pueblo judío, merced a la unión de Israel y Judá que el rey David preconizó. Ello le valió el título de rey de la unificación y, con la ayuda de mercenarios, ensanchará las fronteras de su reino mediante la conquista de todas las ciudades-estado cananeas. Será en la ciudad de Jerusalén en donde, a partir de ahora, podrá depositarse el Arca de la Alianza, símbolo del pacto que Yahvé hizo con el pueblo elegido. La importancia de semejante hecho aparece plasmada en el Antiguo Testamento, concretamente en el «Libro segundo de Samuel», el cual narra con todo detalle el traslado del Arca de la Alianza hacia la ciudad, así como los distintos avatares que por el camino suceden; se relata, por ejemplo, el castigo que inflige Yahvé a uno de los conductores del carro en el que habían cargado el Arca: «Uzzá conducía la carreta con el Arca y extendió su mano para sujetarla, pues los bueyes amenazaban volcarla. Entonces la ira de Yahvé se encendió contra Uzzá y allí mismo le hirió por semejante atrevimiento«.

Después de reinar durante cuarenta años sobre Israel, David muere, no sin antes haber nombrado sucesor a su hijo Salomón, y es sepultado en la «Ciudad de David». Poco antes de que le llegara la hora de su muerte, y ya muy anciano, se dirigió a su hijo Salomón del siguiente modo: «Yo me voy por el camino de todos. Ten valor y sé hombre. Guarda las observancias de Yahvé yendo por su camino, observando sus preceptos, sus órdenes, sus sentencias y sus instrucciones, según está escrito en la ley de Moisés«.

Desde el año 966 hasta el año 926 (a. C.), Israel va a estar gobernado por un rey, no sólo sabio, sino también diplomático y comprensivo para con sus súbditos, se trata del rey Salomón.

Sin embargo, no puede evitar la pérdida de territorios como el de los edomitas, provenientes de la estirpe real de Edom que habían sobrevivido a la matanza llevada a cabo por el jefe del ejército de David y cuyo representante, Hadad, había conseguido huir; éste se refugió con algunos hombres edomitas en Egipto y fue protegido por el Faraón de forma especial, hasta el punto que le dio por mujer a una de sus hermanas. Hadad fue adversario de Israel durante todo el reinado de Salomón.

También en la época de Salomón se pierden las provincias arameas con lo cual, Israel, va a quedar debilitado y, al mismo tiempo, se va conformando el preludio de lo que acaecerá tras la muerte de Salomón, es decir, la división del reino. Por una parte, aparece el reino de Judá, que tendrá a Jerusalén como capital; por otro lado, el reino de Israel, con una capital itinerante; la última de las ciudades erigida como centro político y religioso va a ser Samaria.

Jerusalén

Jerusalén

En tiempos de Salomón, y debido a las riquezas provenientes del comercio y la transacción con Arabia, se intenta la construcción de un templo a Yahvé: «Decidió, pues, Salomón edificar una Casa al Nombre de Yahvé y una casa real para sí«.

Y de este modo, y según narra el «Libro segundo de las Crónicas», el rey Salomón se propuso «edificar la Casa de Yahvé en Jerusalén, en el monte Moria, donde Yahvé se había manifestado a su padre David«.

Después del año 926 (a. C.), la división del reino de Israel es ya un hecho consumado. Muerto Salomón, todavía el poder real del caudillo Amri se mantiene en pie; la ciudad de Samaria pasa a ser el centro neurálgico y administrativo. Sin embargo, y en el año 722 (a. C.), Sargón II destruye la ciudad fortificada de Samaria y los israelitas se dispersan por los territorios fronterizos y cercanos; como consecuencia de todo esto, Jerusalén es amenazada y asediada por el rey Senaquerib; cien años después -en el 587 (a. C.)- Nabucodonosor asedia durante más de un año a la ciudad de Jerusalén, y termina conquistándola y destruyéndola, sus moradores inician lo que se ha dado en llamar la «diáspora». Poco antes el profeta Jeremías había alertado sobre las adversidades que se avecinaban, más, su pueblo, no se hizo eco de tales palabras. Con la cautividad de Babilonia y con la destrucción del templo de Jerusalén comienza la decadencia de los distintos movimientos proféticos y, al mismo tiempo, se inician los movimientos religiosos y tradicionales que conformarán, con sus ritos y mitos, el llamado judaísmo.

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