Claves históricas de los pueblos de Oceanía

El pasado indígena de los diversos territorios que componen el quinto continente se encuentra relacionado, pero de una forma heterogénea. Sus orígenes son dispares y, en la actualidad, se puede hablar de la práctica desaparición de las culturas tribales y de los propios representantes ancestrales.

En lugar de las poblaciones tribales se han erigido territorios fundados por los conquistadores ingleses, tales como Nueva Zelanda y Australia.

No obstante, y alrededor del milenio VI (a. C.), diversos grupos de emigrantes, cuyo origen aún no está muy claro y, por tanto, existen al respecto varias teorías que intentan explicarlo, se asentaron en Australia; eran los pueblos «australoides», los cuales sufrieron la carencia del suelo, de la flora y de la fauna de esta zona del mundo, por lo que quedaron bastante diezmados.

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Australia y Oceanía no constituyen una única masa continental, sino que se extienden de manera diversa por el inmenso océano; algunos geógrafos y etnólogos no consideran a Australia como parte integrante del conjunto denominado «Oceanía» y lo consideran al margen de los distintos grupos insulares, aunque en la actualidad la mayoría de los estudiosos la consideran parte integrante del conjunto. De este modo, Oceanía se define por su total pertenencia, y ubicación, al denominado hemisferio austral -el propio nombre de Australia se debe al hecho reseñado- y se halla constituida por un extenso mundo insular acotado entre las propias islas Hawai, que el trópico de Cáncer atraviesa, el extremo meridional de Nueva Zelanda, las islas Palau, en el extremo occidental, y la aislada y lejana isla de Pascua, en la parte este y a una distancia de aquéllas que supera los 115 de longitud.



Ese inmenso espacio se halla, por así decirlo, salpicado de numerosas islas que se parecen como granos de arena en el gran océano. Si exceptuamos Australia, Tasmania, Nueva Guinea y Nueva Zelanda, que tienen una superficie bien definida y se sitúan en la zona sudoriental de la gran masa oceánica, el resto de islotes esparcidos por el océano extenso apenas constituyen una superficie importante si se compara con la extensión de los territorios que hemos señalado con anterioridad.

Sin embargo, todas esas diminutas islas no aparecen en solitario, ni aisladas, sino que, casi siempre, emergen formando un propio grupo, un archipiélago; tres de éstos se destacan en el lado oriental de Australia, de los cuales citaremos los dos formados por las islas Salomón y Nuevas Hébridas y el archipiélago de Bismarck, que se extienden formando un arco; el otro se compone de las islas Carolinas, Ellice, Marshall, Tonga y Kermadec. El primero de ellos destaca sobre los demás porque está formado por islas de superficie apreciable, tales como Nueva Guinea, Nueva Caledonia y las dos que componen Nueva Zelanda.

Fosa de las Marianas

Fosa de las Marianas

A todo lo anterior hay que añadir, para un conocimiento más intensivo del lugar ocupado por un continente como es el oceánico, una de las características propias de éste y, por mor de las cuales, se diferencia de todos los demás, al tiempo que sirven de pauta para su diferenciación. Ello no es más que la aseveración que de un examen geográfico se deriva, la cual consiste en comparar el asentamiento de los diversos archipiélagos e islas en un océano de profundidad irregular, con depresiones y relieves que forman bases alargadas que, en ocasiones, se disponen de forma ligeramente abisales del océano Pacífico. Muchas de estas fosas marinas tienen una especie de cresta que hacen más amplia la gran extensión vertical del asentamiento marino. Al parecer, aquí se encuentran las mayores profundidades de la tierra -las fosas de las islas Palau, de las Marianas y de las Filipinas, miden cerca de diez kilómetros de profundidad-, las más anchas y gigantescas pozas que imaginarse pueda.

Muchas de ellas son islas coralinas de origen madrepórico y volcánico. El nuevo continente se halla situado en la zona de incidencia del denominado «cinturón de fuego«, el cual rodea al océano Pacífico y puebla de numerosos volcanes -activos, apagados, insulares y con su epicentro en el propio océano- las diferentes tierras de Oceanía. Algunas de sus islas deben su origen a una erupción volcánica. En Nueva Zelanda, por ejemplo, existen seis volcanes, en el archipiélago de Bismarck más de veinte, ocho en las islas Tonga y seis en Nuevas Hébridas.

La importancia de los volcanes en estas latitudes es grande, pues determina, en gran parte, la propia idiosincrasia de sus primeros pobladores y explica, al propio tiempo, las dificultades que los aborígenes tuvieron que vencer a la hora de intentar la supervivencia. Muchas de las poblaciones asentadas en estos territorios fueron sometidas por la propia aridez del terreno y condenadas a pasar hambre y necesidades sin cuento, por lo que sufrieron grandes regresiones en su cultura y costumbres. Algunas de ellas constituyen, aún hoy, grupos diferenciados que los estudiosos de las distintas especialidades buscan para llevar a cabo sus investigaciones antropológicas y etnológicas. Sin embargo, hace ya más de cien años que desapareció el último representante de los aborígenes de Tasmania y, en Australia, han sido obligados a refugiarse en la zona Norte y en las reservas del Queensland.

Parece ser que los primeros pobladores de Oceanía pertenecían al tronco de los australoides, tenían la piel morena y el cráneo alargado, la boca y la nariz anchas. En la actualidad se encuentran todavía en la edad de piedra, a pesar del contacto con las inmigraciones europeas y, también, a su relativo acercamiento a los núcleos de población que, en el caso de Nueva Zelanda y Australia, resulta más patente que entre los restantes grupos insulares, en los cuales, los polinesios, melanesios y micronesios, siguen constituyendo el grueso de la población.

Aborígenes de Australia

Aborígenes de Australia

El pueblo de los «maorí», por ejemplo, polinesios instalados en Nueva Zelanda -en la Isla del Norte-, ha tenido que adaptarse a esas tierras en las que existen una gran variedad de aves, por lo que se han especializado en la caza. También practican la pesca, pero en los lagos y ríos, ya que el agua del mar que bordea la isla aparece siempre muy agitada. Se dedican, además, a la cría de perros, que es el único animal doméstico con que cuentan y, también, recogen raíces.

Ese tronco común de los australoides se diversifica para dar lugar a la rama de los austrálidos, los papuásidos y los védidas, que componen las diversas razas que se extendían por el continente oceánico. Sin embargo, el tronco de los polinésidos presenta ciertos caracteres, mezcla entre lo mongoloide y lo europeizante -con claro predominio de este último rasgo-, que los distinguen del resto de los habitantes de Oceanía. Su pigmentación en la piel es menos acusada que en el resto de los demás pobladores del continente y, además, su estatura es sensiblemente superior a la de aquéllos; todo cual ha dado lugar a numerosas lucubraciones, por parte de diversos antropólogos, acerca del origen de los pueblos polinesios. Se ha llegado a defender la tesis que relaciona a la raza polinesia con los primeros pobladores del continente americano. Sin embargo, parece ser que, según la hipótesis más aceptada entre los diversos estudiosos de prestigio, los polinesios serían originarios de Malasia e Insulindia, es decir, del lado oeste de Oceanía; sus tradiciones y costumbres son más acordes con las tribus de esta zona que con los grupos americanos.

Los aborígenes de los distintos territorios oceánicos se distribuían, antes de la llegada de los europeos, en grupos nómadas, por lo que practicaban las mismas costumbres radías que sus antepasados; su cobijo estaba constituido por una especie de refugio natural que, por lo demás, abandonaban con suma facilidad, merced a su rechazo del sedentarismo. Se alimentaban con frutos silvestres y eran hábiles cazadores, menester que practicaban con éxito por medio de un artilugio arrojadizo que tenía la particularidad de volver, una vez lanzado, al mismo lugar de origen: se trata del famoso boomerang. También empleaban lanzas, bastones y mazas y se alimentaban de las distintas piezas que cobraban, ya sean canguros, emús, serpientes, lagartos o peces.

Se dice que, incluso en la actualidad, los indígenas australianos y las diversas etnias del tronco de los austrálidos poseen un oído y una visión muy poderosos y agudos, y se caracterizan por una gran resistencia física ante el dolor y las penalidades materiales.

Sus vestidos son de una gran simpleza, pero llevan numerosos adornos, tales como colgantes, aros, brazaletes, collares, cintas…, y pintan su cuerpo, en determinadas ocasiones, con diversos colores: negro, amarillo, rojo y blanco.

Ya no practican la necrofagia ni la antropofagia, por lo cual ha declinado su ritual mágico y taumatúrgico.

Viven en chozas que pueden albergar a varias familias, pues se comunican por medio de corredores, están fabricadas con ramas clavadas en el suelo, y arqueadas, lo cual confiere una forma semiesférica a las cabañas, las cuales, al propio tiempo, se entrelazan para cubrirlas con tierra, hojas y arena; de este modo consiguen la consistencia suficiente para soportar las inclemencias y el rigor del tiempo y de los fenómenos naturales.

Según los estudios de antropólogos prestigiosos, algunas tribus del continente oceánico viven en un régimen matriarcal y se disponen en dos o más clanes diversificados, de tal manera que no podrá contraerse matrimonio, por ejemplo, entre los miembros del mismo clan aunque, si así lo desea, el hombre puede tener varias mujeres; por tanto, está permitida la poligamia y, ello, tanto en las tribus que se rigen por un sistema matriarcal (primacía de la madre y parentesco por línea materna) como en las de sistema patriarcal (ejerce la autoridad un varón, un jefe de familia, alcanzando hasta los parientes más lejanos del mismo linaje).

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