Antiguas culturas andinas

En la altiplanice mejicana se asentaron civilizaciones y pueblos de los que tenemos suficientes pruebas, aunque no todas las que podrían desearse, relacionadas con los orígenes de tales civilizaciones. Sin embargo, no ocurre lo mismo con la población asentada en el Perú, ya que, al decir de todas las corrientes históricas, los propios protagonistas no reconocieron en ninguna época antepasado alguno. Tal es el caso del pueblo inca, el cual se sintió, en todo momento, creador de su propia civilización, de su propia idiosincrasia y de sus propias costumbres.

Figurilla inca de barro cocido

Figurilla inca de barro cocido

La cultura denominada «preinca» nunca fue asumida por los conquistadores incas, antes al contrario, la ignoraron por completo y no guardaron recuerdo ninguno de los personajes y tribus que hallaron a su paso y que, como la historia nos explica, sometieron. La prioridad del silencio sobre cualquier otro aspecto ha primado en las diversas transformaciones históricas que los mismos incas conformaron. Y, de este modo, existió una época anterior a éstos y que llamaban «el tiempo de las poblaciones desiertas o bárbaras». Algunos cronistas nos hablan de ello, y explican que esos pueblos bárbaros practicaban costumbres radías, es decir, eran nómadas, y carecían de normas sociales; además sus cultivos eran realizados de forma rudimentaria, sus mujeres no conocían el arte de la confección y, por lo mismo, aparecían desnudos. Así los encontró, al decir de las diversas leyendas, el «Primer Inca», quien los aleccionó y enseñó hasta el punto de transformar sus burdas maneras en refinados modos; para ello -continúan diciendo las diversas crónicas- contó, en todo momento, con la ayuda, realmente valiosa, de su mujer.

En los primeros tiempos de la historia que nos ocupa no existía aún el pueblo inca como tal, sino que el concepto «inca» designaba a un soberano, a un único rey, y a su linaje o alcurnia. Todos los sucesos acaecidos hasta la llegada de este «Primer Inca», y muy especialmente las formas colectivistas de cultivo, así como los logros artísticos, fueron en cierto modo subsumidos por la nueva civilización debido, en gran parte, al acierto que supuso la perfecta cohesión entre las vertientes económica, sociológica y técnica. No obstante, antes de la llegada de este «Primer Inca» ya se encontraba poblada la altiplanicie peruana por pueblos de cazadores y pescadores que usaban la madera, la piedra y el hueso como materiales básicos para construir sus toscas armas.

Ancestrales leyendas describen la patria de los incas y la sitúan a orillas del hermoso lago Titicaca -en la actualidad se halla dentro de la frontera occidental de Bolivia-, el cual se encuentra situado a casi cuatro mil metros de altura y del que los cronistas nos dicen que fue el lugar elegido por el Sol para comunicarse con los hombres. Este denominado, desde entonces, reino del Sol acoge en sus tierras altas los primeros amagos del origen presunto de la notoria civilización incaica; sobre una de las planicies de la aludida zona montañosa de la parte meridional de la región se halla Tiahuanaco, lugar en el que se funden lo sagrado y lo profano del Perú, ciudad solar y centro de peregrinaciones. Se hallaba acotada por enormes hondonadas y en su suelo se erigían diversas edificaciones; entre sus ruinas se han encontrado figuras míticas de grandes proporciones que constituyen una prueba fehaciente favorable a las tesis que defienden la relativa veracidad del mito incaico, el cual habrá que reinterpretar de nuevo. La tradición oral de los pueblos andinos mantiene la creencia de que en Tiahuanaco habitaban los gigantes que antecedieron a los incas y, al decir de algunos cronistas, será justo al lado del lago Titicaca donde surgen las primeras representaciones de dioses como Viracocha, el cual venía acompañado de animales como el puma y el cóndor y en sus manos llevaba dos cayados; sus ojos aparecían llorosos y su figura alada fue representada por los artistas y venerada por los incas, que tenían en Tiahuanaco uno de sus santuarios.

También se erguían en la citada zona grandes figuras de piedra, recintos acotados, columnatas graníticas y terrazas a distintos niveles.

Sin embargo, antes del denominado Imperio incaico, existieron otras civilizaciones y culturas de cierta relevancia, entre las que, sin duda, sobresaldrá la cultura «Chavín» que abrirá un tiempo reconocido como periodo cultural, el cual se hallará dentro de la etapa denominada «horizonte antiguo», y abarcará desde el año 1000 (a. C.), aproximadamente, hasta el año 300 (a. C.). Chavín se asienta en uno de los profundos valles que delimitan el pie de las cordilleras blancas -denominadas así porque en ellas siempre hay nieve- y contiene monumentos megalíticos, grandes obeliscos y majestuosos templos, tales como el del «Castillo», levantado en honor del dios Jaguar y de ciertos seres telúricos.

No obstante, los primeros vestigios humanos sobre el suelo peruano se retrotraen más allá de una decena de miles de años, aunque sólo se pueda hablar, en puridad, de civilización y cultura, a partir del año 1000 (a. C.). A partir de esta fecha, y siguiendo con la anterior descripción de Chavín, se van consolidando las diferentes culturas antiguas de la región y sus logros o manifestaciones plásticas, artísticas, míticas, rituales y sociales.

En este sentido, algunos antropólogos e historiadores de renombre apuntan la posibilidad de que Chavín haya sido el verdadero origen del posterior desarrollo de la parte meridional andina. Los arqueólogos han hallado en Chavín piezas de incalculable valor e, incluso, en algunas ruinas -cuyas paredes aparecen revestidas de losas, y levantadas con materiales tales como piedra apisonada mezclada, a su vez, con piedra machacada- parece que se plasmó como una especie de pintura mural.

También es importante destacar la homogeneidad de la cerámica monocroma de Chavín y sus hermosas piezas negras y pulidas, en forma de botella y con un agarradero denominado «asa de estribo», características que la hacen relativamente notable con tal que a todo ello se sumen sus asas en forma de tubo y sus grabados tan similares a la técnica utilizada para trabajar la piedra, y cuyos motivos se refieren a determinados animales, tales como el jaguar y el cóndor. No obstante, la base iconográfica de la cultura de Chavín, además de contener figuras de felinos, aves y reptiles, está formada por la presencia reiterativa del tigre, y su cabeza estilizada se encuentra casi siempre presente en las diversas composiciones, y, además ocupa, por lo general, el centro de ellas.

Por lo demás, algunos simbolistas han interpretado los diversos hallazgos de los investigadores en un sentido mítico; y, así, por ejemplo, se dice de la piedra de tres caras, clavada en el suelo por su parte aguzada -a la que se suele denominar el «Lanzón», acaso debido a que tiene forma de un cuchillo gigante, pues mide más de cuatro metros de largo-, que recoge entre sus tallas, grabados e incisiones, todo el saber, acerca de lo trascendente, acuñado en el misterio de la cultura de Chavín. El propio lugar en el que se halla emplazado el «Lanzón» constituye, ya de por sí, uno de los enigmas que más se prestan a cierto tipo de lucubraciones significativas y simbólicas. El «Lanzón» se encuentra en una de las galerías subterráneas del templo de Chavín que tienen forma de cruz; a la manera de un costero va entallado entre el techo y el suelo, ocupando el centro mismo de la intersección de los largos corredores que configuran la forma de la cruz.

Las figuras de algunos bajorrelieves mantienen composiciones propias de la cultura de Chavín, tales como el cóndor, el jaguar y un reptil; también, a veces, tales conjuntos, y otros similares, se presentan como una manera de jeroglíficos, los cuales se hallan cargados de connotaciones diversas, derivadas de la complejidad de sus múltiples formas.

Telas andinas (Paracas)

Telas andinas (Paracas)

Con posterioridad adviene a la región andina la cultura de «Paracas» («paracas» = vientos intermitentes que azotan con gran fuerza y violencia esta región desértica), cuyos bordados destacan por encima de cualesquiera otras valiosas consideraciones.

Esa superficie árida, donde nunca llueve, alberga en su subsuelo inéditos tesoros; es una especie de necrópolis que, aunque ha sido sometida a numerosas esquilmaciones a lo largo del tiempo, aún mantiene lugares recónditos no hallados por los buscadores de tesoros. La total escasez de lluvia en esta zona costera, la radical sequedad del ambiente y de la atmósfera a la orilla misma de un gran océano que confiere a la región ese clima tropical tan característico, ha sido objeto de estudio por parte de numerosos investigadores y naturalistas. Fue Humboldt quien avanzó la teoría que explica las razones científicas de la aridez y sequedad descritas. Según explica el propio Humboldt, una corriente de aire frío que proviene del Antártico forma como una especie de paraguas gigante que tapona y cercena cualesquiera arcos humectativos y, por lo mismo, no se produce evaporación, no se forman nubes y, como consecuencia, no habrá lluvia. La gran franja desértica que mide más de dos mil metros de largo y unos cuarenta de ancho, es el producto de esa corriente de aire frío (se la denomina «corriente de Humboldt») y se halla por lo general cubierta de brumas y, aunque sus arenas absorben el agua de los ríos que las atraviesan para ir a desembocar al océano, sin embargo, se hallan jalonadas de algunos oasis que producen en el conjunto el espejismo de la necesidad de vida, cuando lo cierto es que esa región arenosa del occidente del Perú es un lugar de muerte.

Las numerosas tumbas encontradas en esa inhóspita zona, las denominadas «tumbas de las cavernas de Paracas», se hallaban incrustadas en las oquedades realizadas en las duras rocas, de feldespato y cuarzo, que abundan en las elevaciones naturales del árido terreno.

Tales fosos pertenecientes a la cultura de «Paracas» están construidos de tal manera que resulta imposible su visión desde el exterior, se componen de tres salas anexas y desiguales que albergan a gran número de momias. Entre éstas son más abundantes los cadáveres de mujeres que los de hombres, lo cual afianza la tesis mantenida por los más prestigiosos arqueólogos, cuando afirman que las mujeres acompañaban a sus maridos al otro mundo. Semejante costumbre, debida a la cultura de «Paracas», fue asimilada muchos siglos después por los incas, quienes, con ocasión de la muerte de su emperador, al cual consideraban rey-dios, y después de momificar su egregia figura procedían a dar muerte por estrangulamiento a sus mujeres, allegados y servidores; de este modo, le seguirían atendiendo en el más allá; para ello, y una vez convocados a un solemne acto festivo en honor del muerto, los emborrachaban.

Muchos de los cadáveres momificados hallados en esa zona desértica del Perú eran, no obstante, de personas viejas y sus cráneos aparecían deformados y con muestras de haberles practicado la trepanación.

Los mantos funerarios de la cultura de «Paracas» son de gran vistosidad, y los motivos de sus tejidos representan personajes adornados y recubiertos de aureolas, cetros, talles, apéndices que cuelgan de sus bocas y que dan lugar a otras figurillas que se ramifican de nuevo para formar otro tipo de imaginería cargada de contenido simbólico y, en fin, todo ello constituirá una prueba de la fuerza creativa de los tejedores de la época precolombina, así como de la perfección de su arte.

A la cerámica de la cultura de «Paracas», cuyos motivos no ofrecían grandes variaciones, ya que se limitaban por lo general a representar la faz «compungida» de ciertos felinos, le sucede la prestigiosa, bella, brillante y clara cerámica Nazca, con lo cual se inicia la cultura que lleva su propio nombre. Estamos en el siglo III (a. C.), y la cultura Nazca descuella por encima de cualesquiera otras civilizaciones. En su cerámica polícroma se reproducen extraños seres míticos y, muy especialmente, las célebres y simbólicas mariposas humanizadas. La cultura Huari, que se desarrolla en la costa meridional y septentrional, desplaza a la cultura Nazca y es, a su vez sustituida por los chimúes, pueblo de destacados urbanistas. De todas estas culturas y civilizaciones se apropiarán los incas, cuyo imperio se extenderá desde Ecuador hasta Chile y Argentina, en una gran franja de terreno andino de más de dos millones de kilómetros cuadrados. Nos hallamos en el siglo Xll (d. C.), y el Imperio inca se va consolidando hasta poseer el más célebre centro urbano de aquellos tiempos, es decir, la ciudad de Cuzco (palabra que significa «ombligo», «centro»), la cual poseía un enorme templo cuyas paredes se hallaban recubiertas de oro.

También en las lejanas alturas de Machu Picchu se erigió una ciudad remota y agreste, tan apartada que no se descubrieron sus ruinas, ni se supo de su existencia, hasta el undécimo año de nuestro siglo xx.

La organización del Imperio inca era muy rigurosa y uniforme, la propiedad de la tierra la ostentaba el Estado, aunque existían grupos, formados por diversas familias -una especie de comunidades que trabajaban en equipo y vivían en el mismo lugar- que poseían colectivamente los terrenos labrados y trabajados, en los cuales cultivaban cereales, patatas -de aquí se exportarán posteriormente a toda Europa-, calabazas, piña, plantas y árboles medicinales como la coca, arbusto del que se extrae la cocaína; por toda la región había rellanos y bancales de cultivo.

Para llevar a cabo la labor administrativa, el Estado disponía de miles de funcionarios, la mayoría de ellos destinados a recaudar tributos y ejercer la justicia. Como no conocían la escritura, idearon fórmulas contables realmente prácticas, los célebres «quipus», que consistían en una serie de cuerdas o hilos de colores diversos y surcados de nudos. Los colores representaban objetos y cosas, los nudos indicaban magnitudes y cantidades.

La abundancia de metales nobles, como el oro, hacía que se utilizaran como ornamentos en paredes, tapices y colgantes -pero nunca como moneda, porque la sociedad incaica no conoció, ni usó, el dinero- e, incluso, los jardines del palacio real aparecían adornados con figuras de oro, tales como mazorcas y cañas de maíz de tamaño natural, labradas en oro; también poblaban ese jardín artificial pájaros y animales de oro.

Este pueblo, de unos doce millones de habitantes, desarrolló también la alfarería y, sobre todo, perfeccionó el arte textil, para lo cual utilizó la lana de sus rebaños de llamas y alpacas y, además, el algodón que producían sus zonas templadas de la costa.

Con la llegada de Francisco Pizarro, al mando de una expedición española, en los últimos años de la primera mitad del siglo XVI, el Imperio incaico (que ya se hallaba bastante debilitado a causa de las luchas internas para suceder al inca Huayna Cápac, que había muerto en el año 1525, y había dividido su reino entre sus dos hijos, quienes se declararon una mutua guerra, de la que salió vencedor Atahualpa, precisamente el hijo ilegítimo de Huayna), que atravesaba por una crisis institucional que había derivado en una guerra civil, fue sometido; Cuzco, su centro urbano más representativo, fue tomado por Pizarro, quien ordenó la condena y muerte del inca Atahualpa; poco antes había obtenido un rescate consistente en una enorme cantidad de oro para poner en libertad al inca Atahualpa, al cual había tomado como rehén, pero Pizarro no cumplió su propia palabra y, pese a recibir lo exigido -más de dos mil millones de pesetas en oro y plata-, mandó ejecutar a su prisionero: «Atahualpa fue condenado a ser quemado vivo y ya cerca de la hoguera tuvo la debilidad de convertirse al cristianismo para beneficiarse con el privilegio de la muerte por estrangulamiento

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