Se descubre el cuerpo de una araña de 100 millones de años de antigüedad atrapado en un trozo de ámbar

Un trozo de ámbar guarda dentro de sí una imagen increíble, el fósil de una araña a punto de atacar una pequeña avispa, hace millones de años.

Ataque de araña conservado en ámbar

Hace cien millones de años, cuando los dinosaurios aún vagaban por la Tierra, una pequeña avispa cayó en una telaraña, donde un enorme arácnido descendió por uno de sus hilos para darse un festín con la presa. El árbol donde se encontraban, dejó caer una gota de ámbar justo en el momento en el que sus patas rozaban el cuerpo de la avispa, sepultándolos a ambos dentro de la misma. Sin embargo, otro testigo estaba presente en ese momento: una araña adulta que presenciaba el suceso quedó encerrada junto al resto.

De esta manera, el proceso quedó sellado en un ataúd dorado mientras el mundo sufría cambios atmosféricos y geográficos que cambiaron la Tierra para siempre.

Finalmente, el trozo de resina quedó enterrado en el estado de Kachin, una de las regiones al norte de Birmania. Cuando los humanos poblaron esa parte del mundo, vieron esos brillantes trozos de piedra dorada que dejaba entrever toda serie de maravillas en su interior, y los introdujeron en sus costumbres, donde pasaron a tener un significado místico y curativo.

Durante la Dinastía Han (206 a.C. – 220 d.C.), China llegó a ser conocida como una fuente de ámbar muy apreciada. Sin embargo, durante la Segunda Guerra Mundial, la extracción del mineral se detuvo cuando el país fue sacudido por el conflicto.

Una empresa canadiense dedicada a la minería, la Leeward Capital Corporation, reanudó su producción en el año 2000. La compañía tenía previsto vender el trozo de ámbar como pieza de joyería, pero antes de hacerlo contactó con el paleontólogo David Grimaldi, del Museo Americano de Historia Natural de Nueva York, para que examinara la edad de la misma. Grimaldi determinó que se trataba de una pieza procedente de Hukawng, el Valle de Ámbar, conocido como Burnite, y que además databa del periodo Cretácico, y por tanto, era un ejemplar único en el mundo debido a su rareza y conservación.

Sin embargo, Leeward llegó a un acuerdo con Ron Buckley, un coleccionista de Kentucky interesado en la pieza, que a cambio de ella, puso a disposición de los paleontólogos cientos de ejemplares de su colección para su estudio.
Un hallazgo que tiene un valor incalculable para los investigadores, que esperan encontrar más piezas valiosas que desenreden los innumerables misterios que aún quedan por resolver.

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