¿Cómo comenzar a vivir en un pueblo?

¿Alguna vez habéis pensado en iros a vivir a un pueblo? Podría ser una oportunidad perfecta para liberaros del estrés y ahorrar dinero.

Pueblos

¿Has pensado alguna vez vivir en un pueblo alejado de la ciudad? Nosotros lo hemos probado y no podemos estar más contentos. Hoy te contamos todo lo que necesitas saber para amoldarte a esta experiencia de vida con éxito disfrutando de una absoluta felicidad.

Un cambio importante

Tantos segundos, minutos, horas perdidas esperando un autobús, un metro, perdiendo los nervios en interminables atascos, semáforos y mas semáforos que siempre están en rojo. Buscamos sitio para aparcar a ver si hoy hay suerte y ocurre el milagro cuando lo único que pretendemos es llegar a tiempo a nuestros trabajos o dejar a los niños en los colegios.

Ruidos allá donde vamos… obras, el claxon de los coches, esa sirena que suena a lo lejos, el estridente ruido de las motos, humos, contaminación, buses, metros, tranvías abarrotados de gente, mirar el reloj de forma constante, sensación de no llegar, miedo por si nos atropellan y así estamos viviendo día tras día con unos niveles de estrés de los que ya ni nos preocupamos porque no tenemos tiempo para ello. Nos rodean centros comerciales donde nos refugiamos buscando momentos de desconexión, abarrotados de cientos de personas que buscan lo mismo que nosotros. Aglomeración, bullicio, colas interminables para comer o cenar en ese restaurante que nos gusta tanto… todo se convierte en un día a día demasiado complicado. Los niños se distraen a costa de que nuestros niveles de estrés aumenten mas aún si cabe. No podemos dejar de preocuparnos de ellos, de decirles que no corran, que se pueden perder, que no toquen lo que no sepan que es, que no salten, en general, que tengan cuidado. Ah y cómo no, nuestro monedero se resiente a diario, no lo olvidemos. Y llegamos a casa agotados igual que si hubiéramos cumplido con nuestra jornada laboral y en algunos casos puede que más agotados aún viendo cómo el fin de semana se nos ha escapado sin darnos cuenta.

La ciudad tiene más cosas: vecinos a los que apenas conoces… la sensación de vivir en colmenas donde cada uno va a lo suyo… alquileres por las nubes, posibilidad de comprar una vivienda casi inexistente, sueldos de los que una parte se nos va en desplazarnos por la ciudad, otro tanto en pagar alquiler, hipotecas, comida… y si nos queda algo podernos ir aunque sea una vez al mes a ese centro comercial del que os hemos hablado. Puede llegar el momento de que pensemos «esto no es vida, nos vamos al pueblo».

Y todo a nuestro alrededor cambia. Los lugareños te reciben con una alegría y entrega cuanto menos sorprendente, a la que por supuesto no estamos para nada acostumbrados. Se interesan de que estemos cómodos y nos preguntan por lo que necesitamos o dejamos de necesitar. El tiempo se ralentiza: no hay ruidos, no hay tráfico, ni estrés, agobio, desplazamientos interminables que te hacen salir mil horas antes de casa para llegar a tu destino… En definitiva, hemos dejado de ser esclavos del tiempo y de las prisas, del bullicio, de los humos y de los tonos grises de la ciudad. Somos libres.

Respirar aire puro

Desde que pusimos un pie en ya nuestro pueblo lo supimos: esto es otra cosa. El silencio que nos rodeaba solo interrumpido por el sonido de algún pajarillo nos llenó de paz, calma y sosiego. Abrir las ventanas de nuestra nueva casa y ver las montañas, el verde de los arboles, la imponente puesta de sol y ese aire que nos llegaba limpio, con tanta frescura, libre de humos y polución nos hizo sentir que estábamos de vacaciones en alguna casita rural de esas en las que nos hemos refugiado tantas veces huyendo de la ciudad, pero en este caso la felicidad era máxima puesto que sabíamos que esto era ya parte de nuestra nueva y maravillosa vida. Desde casa por la mañanas oímos el riachuelo e incluso alguna rana o sapo que anda pululando por ahí, vemos las cabras montesas que bajan por el monte a beber agua, el pastor que pasa por delante con su rebaño de ovejas… es increíblemente fantástico vivir rodeados de algo así.

Salir a las calles del pueblo, dar dos zancadas y pensar «ya estamos de excursión» porque todo lo que nos rodea es naturaleza, caminos que explorar, paseos andando, en bici, sin coches sin alborotos, única y exclusivamente la naturaleza y nosotros. Ahora entendemos la perpetua cara de felicidad de Heidi.

Calles

La gente del pueblo

Obviamente de todo hay en la viña del señor y no podemos hablar por las gentes de todos los pueblos, aunque dudamos que sea distinto. Son gentes de tradiciones, costumbres, personas que disfrutan de la vida a otro ritmo totalmente distinto al que la ciudad nos obligaba a vivir. Paseamos por las calles y nos saludan te conozcan o no, pasa un abuelito con su caja llena de productos de su huerta y nos llena una bolsa para que nos llevemos a casa: increíble un tomate que sabe a… ¡tomate! Los vecinos nos hablan, nos invitan a su casa, nos traen un trozo de bizcocho, nos ofrecen su ayuda. Nos sentimos tan arropados que nuestra sensación es estar rodeados de una gran familia. Aquí sabemos a ciencia cierta que el apoyo mutuo está garantizado.

Cambios que debemos hacer para vivir en el pueblo

Lo primero y más importante es bajar las revoluciones, al fin y al cabo nos hemos venido al pueblo huyendo entre otras cosas de las prisas y el estrés. Al principio es raro. Hemos vivido siempre tan al límite que es casi antinatural no seguir haciéndolo y nuestro cerebro se tiene que adaptar, pero como a todo lo bueno, a esto también nos acostumbramos rápido.

El aire sombrío y taciturno que nos acompañaba siempre por las calles de la ciudad sumidos en nuestros pensamientos también es necesario cambiarlo, pero nos desharemos de ello sin proponérnoslo, puesto que aquí te saludará con una sonrisa hasta el gatito que puedas encontrare en una esquina. Y aunque esto puede parecer una nimiedad, no lo es en absoluto.

Hay cosas que hacíamos que ahora no hacemos con tanta asiduidad o ninguna. Pedir comida y que nos la traigan a casa, ir a un centro comercial o ir al cine, porque ahora requiere que cojamos el coche y vayamos a otro pueblo que sí tenga sala. Si nos paramos a pensar, tampoco son tantísimas las opciones que nos perdemos por estar en el pueblo y no tenemos porqué renunciar a todas. Solo es cuestión de adaptarse. Y si en algún momento nos apetece bullicio y gente, un cine, un restaurante o cualquier otra cosa, «carretera y manta». En el caso de no necesitarlo, estamos muy bien en nuestro paraíso tranquilos.

Y cómo no, la ventaja económica que tiene esto es enorme gracias a la cercanía y el fácil acceso que tiene todo lo que necesitamos en el día a día. Los beneficios en lo monetario son enormes. Ahorramos un dineral en vivienda, en gasolina, en transportes públicos y un largo etcétera, por lo que nuestra cartera se ve muy beneficiada y eso nos ayuda a estar más tranquilos.

Pueblo de España

El mundo puede terminar…

Y nosotros seguiríamos aquí viviendo felices Hemos soltado el lastre de los miedos a prácticamente todo, las puertas de las casas abiertas, los coches sin cerrar. Los atropellos, atracos, atentados y un sin fin de locuras más se han quedado a unos cuantos kilómetros de distancia. Elementos como la televisión, consolas, móviles y tablets están prácticamente destarrados de nuestras vidas, y no porque no haya Internet (que lo hay), sino más bien porque no son necesarios en absoluto, estar aquí nos permite invertir nuestro tiempo de forma más sana. Hemos aprendido a disfrutar de nuestro tiempo libre, dar paseos en plena naturaleza, ir a pescar al pantano que tenemos a la vuelta de la esquina o al río a coger cangrejos con los niño, pasar un rato maravilloso con vecinos del pueblo hablando de si hoy hay que tender la ropa o no porque parece que va a llover…

Criar hijos en un pueblo

Es otro nivel de crianza, otro estatus en la educación. Desde los primeros días al ver la adaptación de los hijos al pueblo nos reafirmamos en que venir aquí es la mejor decisión que se puede tomar buscando el bienestar de la familia. Los escasos peligros, el control que indirectamente tenemos sobre ellos gracias a todos (y cuando decimos todos, son todos los habitantes del pueblo) nos permite darles una libertad de movimientos que consideramos fundamental en su desarrollo de cara a la vida. Se fortalecen física y mentalmente, porque ya no están entre nuestras faldas debido a todos los temores que los padres tenemos en las ciudades. Investigan, exploran, su imaginación se activa exponencialmente, se hacen más autónomos, independientes, aprenden a solucionar solos sus conflictos y comparten constantemente con los demás niños. La relación con los otros niños es tan constante como la que era común en la España de décadas atrás, en la de las amistades de verano inquebrantables con las que los niños llegan a ser más hermanos que amigos.

En el colegio nos encontramos con la disposición de una escuela unitaria, algo que para los niños es maravilloso, dado que conviven todos juntos de distintas edades, interactuando entre ellos sin diferencia de género. De cara al aprendizaje se ponen en común muchos valores, actividades y conocimientos. Los más pequeños escuchan lo que hablan y estudian los más mayores y van adquiriendo también ese conocimiento además del que obtienen ellos mismos. La reducción tan radical del número de alumnos facilita sin lugar a dudas la enseñanza, puesto que esta es mucho más personalizada y el nivel académico es igual o incluso algo más elevado que en cualquier otro colegio de ciudad. No se utilizan libros, todo es más ameno y flexible, trabajar por proyectos hace que los niños se diviertan aprendiendo, utilizándose ordenadores, pizarras digitales, tablets y todo el material didáctico que puedan necesitar.

Ayudas a las familias

Hasta ahora hemos hablado de lo genial que es vivir rodeados de naturaleza, sin estrés y sin los miedos que nos persiguen en las ciudades. Pero de eso no se come, ni se pagan las facturas. Nos hemos ido a vivir a un pueblo, pero seguimos siendo habitantes de este planeta, por lo que es interesante hablar también del aspecto económico. Está claro que no podemos esperar el todo por el nada. Tampoco sería justo ni ético de cara a la gente del pueblo que paga sus casas y se han ganado sus trabajos a pulso esperar que nos den casa gratis y trabajo sin límite. No obstante, la ayuda es máxima. Pero lo que sí recibimos cuando llegamos a un lugar como este es apoyo para que la vivienda sea muy económica y que tengamos acceso a oportunidades laborales.

tradición

La España que desaparece

¿Qué estamos perdiendo? Vivimos en una sociedad envejecida y en un declive demográfico francamente alarmante. En cifras los datos son preocupantes. Un 80% de los pueblos de 14 provincias españolas podrían desaparecer y con ellos sin lugar a dudas gran parte de nuestra historia y de nuestra cultura. Para hablar de una forma más concreto ponemos nuestra mirada en Aragón. La ciudad de Zaragoza tiene una población aproximada de 707.000 habitantes. Imaginemos que vaciamos esta ciudad, unimos toda la población de la provincia de Huesca junto con la de la provincia de Teruel y la llevamos a la ciudad. Haciéndolo únicamente cubriríamos el 50% de su población actual.

Esto es algo que está ocurriendo a lo largo de toda España. Pueblos llenos de encanto en los que se puede vivir perfectamente se quedan vacíos porque los jóvenes se marchan a las grandes ciudades y desde los ayuntamientos, aunque sí que hay unos apoyos que ya hemos comentado, se hace poco para promocionar la vida rural. La situación de estos lugares es mala, porque sin población no se pueden mantener servicios necesarios, como colegios, autobuses o incluso ambulancias para cubrir necesidades médicas.

Conclusión

Vivir en un pueblo no es ni mucho menos denigrarse, como lamentablemente demasiadas personas opinan, ni un último recurso al que accedemos huyendo de crisis económicas. Tampoco deberíamos sentirnos los salvadores de nadie. Los pueblos no buscan ser salvados, sino que necesitan ser reconocidos y tratados como cualquier otra zona del territorio español, tener voz y ser escuchados, no abandonados salvo en los periodos vacacionales.

Esta forma de vivir es una fantástica alternativa que nos brinda la oportunidad de disfrutar de una calidad de vida maravillosa, con innumerables beneficios tanto para los adultos como en la crianza de nuestros hijos, siendo una opción tan válida como cualquier otra. ¿Os animáis? Hay cientos de pueblos españoles que esperan nuevos residentes que les puedan aportar vidilla y seguro que si dejáis de lado las ataduras que todos tenemos hacia las ciudades en cierta medida, descubriréis un estilo de vida que podría haceros más felices.

Y en cualquier caso, pensemos que la vida es larga y que da muchas vueltas. Quizá ahora podamos vivir en un pueblo, darles a nuestros hijos una educación saludable y más adelante reconectar con la ciudad. ¿Quién sabe? Es posible que en 20 años la tendencia de la sociedad sea de vivir en pueblos y no en grandes ciudades. Quizá seáis pioneros de una nueva corriente que se ponga en marcha dentro de un tiempo. El mundo siempre nos sorprende de las formas más insospechadas.

Foto: valtercirillolenalindell20StockSnapDaniel_Nebreda

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