Procedencia de los pueblos germanos y devastación de Roma

Los llamados «pueblos bárbaros», a causa de que tenían costumbres distintas de los romanos, irrumpen en la historia con inusitada pujanza.

Odoacro, con una pandilla de mercenarios, había depuesto al último de los emperadores romanos de occidente, coronándose, él mismo, como rey con la complicidad y la ayuda de su ejército, el cual estaba compuesto por grupos de germanos a sueldo.

Solido bizantino de Odoacro en nombre del Zenón

Solido bizantino de Odoacro en nombre del Zenón

Pero, un rey ostrogodo, Teodorico, que había permanecido como rehén, recibiendo, así, una gran influencia y una educación romanas, en la corte del Imperio Romano de Oriente, acabará con Odoacro; éste entrega la ciudad de Rávena después de tres años de asedio y es vencido por Teodorico en la batalla de los «Cuervos», quien, a su vez, fundará en Italia un reino ostrogodo. La complejidad, y consecuencia, de tales hechos es de gran envergadura y, por ello, quedará marcado un punto de inflexión histórico en el que un período termina y otro comienza en la historia de la humanidad: es el final del mundo antiguo y el principio de la denominada «Edad Media» y nos hallamos en las postrimerías del siglo V de nuestra era.

Al principio, los pueblos germanos se integraron en el Imperio Romano y se les respetaron sus costumbres, modos y usos; eran una especie de estado federado, autorizado por los romanos, en el siglo IV, a vivir en su territorio, ya que los consideraban como aliados (siempre que se preocuparan, y responsabilizaran, de proteger los límites fronterizos, ante posibles ataques de otras hordas).



Estos pueblos germánicos no provenían de un mismo origen étnico pero hablaban el mismo idioma y ya en la revolución neolítica acaecida en la prehistoria se tiene noticia de ellos. Y, así, habrá tribus que se asientan en la zona escandinava; tribus que pueblan el territorio que se extiende al este del río Elba y tribus que afluyen hacia el Mar del Norte y hacia el septentrión de Eurasia.

El Imperio Romano es continuamente asediado por tribus germánicas en toda su frontera de los territorios del norte y en el año 401 (d. C.) el rey godo Alarico inicia una marcha sobre Roma con el propósito de apoderarse de la mítica ciudad. El general romano Estilicón impide a los godos llevar a cabo aquel desastroso proyecto pero, muerto éste en el año 408 (d. C.), de nuevo se pone sitio a la ciudad de Roma y dos años después, en el 410 (d. C.), Roma es incendiada y devastada por las huestes de Alarico y, medio siglo más tarde -en el año 455 (d. C.)- y a respuesta de este primer embate, los vándalos toman, y conquistan, Roma.

Alarico I, reproducción fotográfica de 1894 de una pintura de Ludwig Thiersch

Alarico I, reproducción fotográfica de 1894 de una pintura de Ludwig Thiersch

Aunque no destruyen la ciudad, sin embargo, la someten a expolio, «vandalismo» y depredación durante dos semanas. Desde entonces, y a partir del siglo IV y V (d. C.), nacerán y se consolidarán los primeros reinos germánicos, los cuales extenderán su territorio hasta el norte de Africa, lugar que ocuparán los vándalos.

Imagen procedente de cngcoins.com

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