Pautas míticas y rituales de los pueblos germanos

Los germanos daban mucho crédito a las hechiceras y consultaban, también, los oráculos para saber qué ordenaban los dioses y cuáles eran sus deseos.

Los germanos agrupaban a sus divinidades femeninas en triadas y las tenían por diosas de la fecundidad; no erigían en su honor templo ni estatua algunos y les ofrecían culto en lugares naturales y resguardados por el relieve y los salientes del terreno.

Odín sentado en su trono, con su lanza y rodeado por sus cuervos y lobos.

Odín sentado en su trono, con su lanza y rodeado por sus cuervos y lobos.

Los fenómenos atmosféricos como la lluvia, las montañas, los árboles y los animales y, en general, todo lo que se hallaba en la naturaleza era objeto de culto por parte de los germanos. Todo tenía vida y todo estaba poblado de genios, a los que denominaban «elfos» y «trolls». Las montañas albergaban a gigantes y a enanos, y en el agua habitaban unos geniecillos llamados «nixos». Y, así, ofrecían ofrendas a los ríos y a las fuentes, y rociaban con agua el cuerpo desnudo de una muchacha joven para provocar la lluvia.

Los genios o espíritus del campo adoptan figuras de animales poderosos y las aguas inmensas que rodean a la tierra están habitadas por «Ran», espíritu maligno con figura de dragón.

Los dioses que más invocan serán: Odín (dios de la guerra, en unos casos, de la magia y de los muertos); Thor (dios del trueno, que defiende a quienes le nombran contra la furia de los gigantes).



Arboles de grandes dimensiones son elegidos en los bosques sagrados para adorarlos, como a las columnas del mundo, junto a otros ídolos de metal.

También adoran al dios de la Luna (Manni) y a la diosa del Sol (Sunna). Ambos forman parte de la corte del dios Odín.

Estela rúnica con escenas de sacrificios en Stora Hammar, Gotland, Suecia

Estela rúnica con escenas de sacrificios en Stora Hammar, Gotland, Suecia

Tácito nos narra el rito de la diosa que habita en un bosque sagrado y que es transportada en un carro que sólo el sacerdote, encargado del culto a la diosa, puede tocar. Cuando la diosa se halla en el santuario es el momento que el sacerdote elegirá para llevarla hasta donde se encuentran los mortales. Después de cierto tiempo, la diosa se harta del trato con los humanos pero, mientras permanece entre ellos, cesa toda lucha y se guardan todas las armas: «Es el único momento -nos dirá Tácito- de descanso para los bárbaros, el cual dura hasta que la divinidad, saturada de su relación con los mortales, es conducida de nuevo a la morada del bosque sagrado. Pero, antes, el carro, la lona que lo cubre, y la misma diosa, son sumergidos y bañados en un lago solitario. Cumplen este cometido esclavos que, enseguida, serán arrojados al lago y en él perecerán; ya que no se puede seguir viviendo una vez que se ha visto la cara de la diosa«.

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