Parapente: la sensación de volar como los pájaros

El ser humano ha anhelado desde siempre poder volar como los pájaros. Y, con los adelantos técnicos conseguidos, aunque no puede llegar a tanto, sí puede imitarlos. La forma más parecida de hacerlo es, con toda probabilidad, el parapente, un deporte más seguro de lo que se cree. Aquí explicamos en qué consiste.

Desde tiempos remotos, el ser humano ha anhelado volar como los pájaros. Baste recordar las famosas alas inventadas por el genial Leonardo da Vinci y más tarde retomadas por algunos aventureros que pagaron su osadía con la vida. Sin embargo, el hombre no ha cejado en su empeño y, gracias a los avances tecnológicos, ha logrado al menos imitarlos. Y no nos referimos a los aviones, que no dejan de ser máquinas ni al paracaidismo que no es volar sino caer de forma amortiguada, hablamos de otras actividades que nos permiten parecernos a las aves.

Posiblemente la más similar sea el parapente, en el que el piloto se sustenta mediante un arnés a una especie de ala o paracaídas que no posee motor ni estructura rígida alguna. Se trata de un deporte que surgió en los años setenta de la forma que lo han hecho tantos: como derivación de otro ya existente. En este caso, los escaladores utilizaban una suerte de paracaídas para descender de montañas escarpadas una vez habían hecho cumbre.

El parapente sólo requiere una especie de paracaídas

El parapente es una experiencia extraordinaria. En la foto, un piloto en pleno vuelo

A partir de este utensilio, se crearon los primeros parapentes, que, si bien en un principio tan sólo permitían planear en descenso, hoy, con los perfeccionamientos técnicos conseguidos, pueden pilotarse de tal forma que se aprovechan las corrientes térmicas ascendentes y se mantienen en el aire durante bastante tiempo. Buena muestra de ella nos la brinda el hecho de que la mayor distancia recorrida en uno de estos planeadores fue lograda en 2008 por el sudafricano Nevil Hulett, que recorrió 502 kilómetros en ocho horas.

De hecho, en sus inicios, se requería una pronunciada pendiente para despegar pero en la actualidad basta con que se trate de una pradera enfrentada al viento para poder hacerlo. Eso sí, éste debe ser de al menos diez o quince kilómetros a la hora. Por otra parte, si bien es considerado un deporte de riesgo, los avances en el equipamiento han mejorado enormemente el nivel de seguridad de los vuelos. Lo más importante es aprender en una buena escuela (hoy día, existen muchas en casi todas partes del mundo).

Para hacerlo, existen parapentes biplaza en los que el alumno va acompañado de un piloto experimentado que le enseña todo lo que debe saber, aunque más tarde él mismo perfeccione sus conocimientos con la práctica. En cualquier caso, el hecho de volar a gran altura sin necesidad de motor constituye para cualquier persona una experiencia inolvidable.

Fuente: Ojo volador.

Foto: Pascal Vuylsteker.

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