La importancia del tiempo cronológico

Qué es el tiempo? Cómo medirlo? Para qué medirlo? El tiempo y la historia. Ésta es (una) historia de tiempo.

El tiempo. Su concepción y comprensión siempre ha sido un desafío para el ser humano. La imposibilidad de percibirlo directamente (su abstracción), hizo que las comunidades prehistóricas no tuvieran conciencia directa de él, no dejasen objetos o registros de forma intencional, tras su paso por el mundo. Aun hoy, varios milenios después, habiendo construido sistemas de medición muy evolucionados, no estamos en condiciones de explicar al tiempo. Podemos cuantificarlo, pero no revelar su esencia. ¿Siempre ha existido? ¿O hubo un principio? Tal vez nunca tengamos la posibilidad de aclarar el dilema, pero esto no fue excusa para no usarlo como referencia de la duración de las manifestaciones del hombre. Como se dijo, el tiempo, sin ser definido completamente, puede ser “medido”. No absolutamente, claro. Medido en marcos de referencia establecidos. Esto lo vuelve una magnitud (en el sentido de la física) que ayuda a entender los procesos que se desencadenan a lo largo de su pasaje.

El estudio histórico requiere el abarcamiento o contemplación de los hechos que han acontecido en algún momento determinado, para posteriores designios. Son necesarios pues, métodos de ordenamiento y clasificación que faciliten la tarea cognoscitiva e interpretativa del historiador, que también posibiliten al resto de los seres una forma clara de visualizar la trama del desarrollo de la historia.
La cronología es una de estas herramientas necesarias, la cual organiza los sucesos del pasado según su ubicación temporal.

Según W. Bauer la cronología puede considerarse desde un doble punto de vista:
1- “Si el cómputo del tiempo es fuente histórica de conocimiento de determinados estados culturales de los pueblos en particular y de conocimiento de las afinidades entre los pueblos.”
2- “Si el conocimiento de la cronología nos proporciona los medios auxiliares para la comprensión de las fuentes, la determinación en el tiempo y el encuadramiento de los hechos históricos.” Bauer entiende que esto explica que variados hombres y culturas, en similares condiciones de vida, sean conducidos a juicios u objetivos parecidos.

goya_cronos1.jpg El término cronología, deriva de Cronos, jefe de sus hermanos titanes, hijo del cielo (Urano) y la tierra (Gea), regidor del mundo en su edad de oro según la mitología griega.

Más allá de la comparación con un gobernante omnisciente y virtualmente inmortal, la cronología abarca como campo de acción la totalidad del tiempo conocido, siempre en constante desplazamiento. Por ello requiere de pautas y divisiones más específicas de proceso, que optimicen su accionar. Estas pueden agruparse en dos bandos: naturales y convencionales.

Divisiones naturales del tiempo:

Basadas en la acción directa de la naturaleza en nuestro entorno, siendo percibido en función de nuestros sentidos. Existen por causas astronómicas, que involucran los movimientos de los cuerpos celestes en el espacio con una relativa uniformidad. Se destacan el año, el mes, el día y la hora.



El año es el período de tiempo en el que un cuerpo celeste orbitando alrededor de otro, considerado referente, cumple una rotación completa. El caso de la Tierra es llamado año anomalístico, teniendo una duración aproximada de 365 días, 6 horas, 13 minutos y 53,1 segundos. Sin embargo el año que suele tomarse en cuenta comúnmente es el año medio solar, el tiempo que transcurre entre la aparición del sol en el equinoccio de primavera hasta su regreso a ese mismo lugar, promediando las imperfecciones matemáticas de los desplazamientos sidéreos. Dura cerca de 365 días, 5 horas, 48 minutos y 45 segundos. Otra forma de consideración anual, son las revoluciones lunares completas o año lunar (354 días). Éste puede dividirse en doce períodos de similar permanencia; los meses.
Cada mes se manifiesta en una rotación lunar a nuestro planeta (aproximadamente 29 días). Sin embargo los meses utilizados en el calendario solar oscilan entre 28 y 31 días, para cubrir la diferencia del año lunar y año solar, de más de once días.

El día se mide según el tiempo empleado por cualquier planeta rotando sobre sí mismo. Éste varía dependiendo de factores cinéticos y físicos de la composición planetaria.
La hora, es una división natural del tiempo, aún cuando no registra un movimiento astronómico completo, sino que es parte de uno. Por convención suele partirse el día en un número constante (veinticuatro) de unidades de tiempo de misma duración.

dali-reloj-memoria1.jpgDivisiones convencionales del tiempo.

Son adoptadas para una mejor aplicación del factor tiempo. Están fundamentadas en las divisiones naturales, pero utilizan criterios artificiales para su agrupamiento, tanto sean de uso común (la semana), o académico (el ciclo, la era, la edad, la época, el siglo).
La semana designa al período de siete días (término de origen latino, septimana). Está relacionada con la duración de las fases lunares; cuatro de ellas conforman el mes lunar.
El ciclo es un período de años, agrupados según un basamento definido, que suele repetirse sin impedimento. Tenemos ejemplos de ciclos cortos, de dos, tres o cinco años (ciclos pastoriles, agrícolas), o bien casos extensos, como los ciclos astronómicos persas de hasta 48.000 años. El ciclo más común es el siglo, de cien años de duración.

La era, como la época, agrupa períodos temporales, según un acontecimiento primordial inicial, y se extiende hasta otro hecho notable tomado en consideración. Estos hechos delimitantes suelen implicar cambios drásticos en la trama histórica. La diferencia entre ambas radica en factores poco claros. Pueden considerarse varias épocas, las que entre sí son diferentes, pero que comparten realidades temporales vinculantes; pudiendo coexistir en un mismo tiempo, en diferentes lugares. Y su conjunto integran una era determinada. Tomemos como ejemplo la era cristiana, y en ella, la existencia de diferentes épocas (el reinado de Luís XIV, las revoluciones independentistas americanas, las invasiones bárbaras a Europa, etc).
La edad también se conforma de lapsos temporales limitados por ciertos actos relevantes considerados. En la visión arqueológica, abarcan grandes períodos de tiempo, de alcance universal (cuando se transcurre una edad, es la única existente en ese momento). Para la historia, pueden coexistir diferentes edades, una por cada civilización existente. En el caso de occidente, suele ser común el “sistema cuatripartito”, que divide su tiempo histórico en Antiguo, Medieval, Moderno y Contemporáneo.

La cronología en la historia:

Se conoce la existencia de calendarios, aún antes de la invención de la escritura. Los egipcios implementaron una medición anual del cauce del río Nilo hacia el 4.000 a.c. aprox. Los pueblos del cercano y medio oriente antiguo (asirios, caldeos, persas) construyeron calendarios con duraciones anuales similares a las hoy estipuladas. También fueron notables calendarios como el chino, el indio y el maya. Es decir, en la mayoría de las culturas de la antigüedad, tanto en occidente como en oriente, se consideró el “ordenamiento” del tiempo para disponer más eficientemente del mismo. Sin embargo, no existía sistema predominante en los existentes, por las obvias diferencias de interpretación, observación y criterios técnicos considerados en cada lugar del planeta. No fue hasta la implantación del calendario juliano, que esto fue posible en parte. Julio César dirigió el nacimiento de este sistema, elaborado por un astrónomo griego, Sosígenes, que determinó la duración del año en 365,25 días, de allí la necesidad de establecer un día extra cada cuatro años. Con el tiempo, todos los confines del imperio adoptaron este método, y una vez acabada la dominación romana, siguió vigente en sus reinos herederos. No hubo mayores desacuerdos inicialmente, pero con el pasar de los años, era apreciable la diferencia entre las fechas de equinoccios o solsticios julianas y las ocurridas naturalmente. Hacia 1580 el Papa Gregorio XIII establece una reforma de sincronización calendárica, en la que se adelantan once días (del 4 al 15 de octubre de ese año). Además se acota la existencia del día extra y se estableció a enero como mes inicial. Pese a la resistencia que generó en los países no católicos, fue ganando aceptación lentamente hasta convertirse en el único calendario europeo. Hoy convive con otros (c. judío, chino, árabe, persa, etc.) pero como calendario asociado a la civilización occidental, es el considerado dominante a nivel general poblacional.

Y sin embargo, la cronología no tiene su origen tan alejado en el tiempo. Es en el s. XVII cuando los historiadores se interesan en el registro de fechas para confeccionar tablas de hechos y acontecimientos. Si bien existían registros medievales e incluso anteriores, nunca hubo por parte de sus autores la necesidad de fecharlos, o si lo hacían, de mantener una línea coherente determinada cronológica. Se consideraban hechos regionales (dificultades de comunicación y sistematización de información) que hacían a la vida del señor feudal y su entorno de vida. Por esto, cuando nace la cronología, son los hechos políticos los primeros en ser considerados; tanto por su importancia relativa en la forja del mundo social derivado, como en la mayor facilidad de datos disponibles. Incluso llegó a considerarse el único tipo de cronología relevante en los tiempos del positivismo ilustrado, a fines del s. XIX.

Hoy entendemos la datación como factor preponderante en la confección de estudios cronológicos, siendo éste su principal basamento. Sin embargo, la periodización histórica puede distorsionar la dimensión de los actos históricos y su relación con los factores que los conformaron. Debe impedirse que el ordenamiento cronológico no disminuya la importancia del hecho en sí. Hecho que, según Fernand Braudel, no se puede explicar completamente apelando solamente a su historicidad, son necesarias las consideraciones de todas las ciencias sociales (factores económicos, culturales, ideológicos, etc).

La cronología es la estructura racional de cualquier consideración histórica. Su rigidez inherente “cientifiza“ la interpretación de los hechos históricos, pero no debe ser motivo de la exclusión de ninguno de los ángulos en los que puedan enfocarse. Ha demostrado ser una herramienta imprescindible en hacer del historiador, a lo largo del tiempo.

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