La cueva de Naica, una genialidad de la Naturaleza

Indudablemente, la Naturaleza es capaz de crear lugares que el hombre ni siquiera podría soñar. Uno de ellos es la cueva de Naica, en México, descubierta en el año 2000 de forma accidental y en la que se encuentran cristales de selenita de más de diez metros de altura y uno de anchura.

Es indiscutible –a nuestro juicio- que ninguna obra de arte creada por el hombre supera a la Naturaleza. Ésta es capaz de dar lugar a maravillas como las cataratas, los glaciares, los paisajes y un sin fin de fenómenos -aurora boreal, arco iris, etc- que ninguna mano humana puede ni siquiera aspirar a igualar.

Foto de la cueva de Naica

Interior de la cueva de Naica

Pero, además de estas bellezas, cuando coinciden una serie de factores, produce lugares que ni el más imaginativo de los escritores de ciencia-ficción inventaría.

Al menos, esto debió pensar el minero de la explotación de Naica, en Chihuahua, México, cuando, al horadar con su barreno una pared se halló ante un salón espectacular con piezas de selenita de más de diez metros de altura y de uno de anchura. Era lo que hoy se conoce como la cueva de Naica, que ha atraído la atención de geólogos de todo el mundo.

La casualidad dio lugar a que esta sala fuese encontrada, ya que la mina lleva más de cien años en explotación y, aunque en 1910 se había hallado la llamada ‘cueva de las espadas’ –con cristales que emergen de suelo, paredes y techo al modo de estalagmitas y estalagtitas-, nada hacía sospechar que bajo la mina hubiera una sala con cristales de mucho mayor tamaño.


La explicación que los científicos dan a estas formaciones es que las corrientes de magma inferiores forzaron a subir a líquidos ricos en minerales que, con el paso de decenas de millones de años y debido a las condiciones internas y de aislamiento del habitáculo, fueron sedimentando en el suelo de la piedra caliza y formaron estos imponentes cristales de selenita.

Foto de los cristales de la cueva

Detalle de los cristales de la cueva

No obstante, la cueva –como si un vigía sobrenatural velase por ella- alberga una trampa mortal para el ser humano. Se encuentra a trescientos metros de profundidad, a más de cincuenta grados de temperatura y posee un 100 % de humedad, condiciones que hacen que, a los diez minutos de permanecer en ella, las facultades comiencen a perturbarse y sea imprescindible salir. Resulta dificultoso, incluso, tomar instantáneas fotográficas ya que, al momento de entrar, el objetivo queda completamente empañado.

Afortunadamente, tras el hallazgo, se han puesto todos los medios para que esta maravilla de la Naturaleza permanezca intacta y, según se ha manifestado, en el momento en que esté acondicionada, podrá ser visitada. Quién tenga la suerte de poder hacerlo, puede tener la seguridad de haber visto algo único en el mundo.

Fotos: Interior de la cueva: Annibal 9999 en Flickr | Detalle de los cristales: Areli Ordóñez en Flickr

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