¿Qué se cree que ocurre después de fallecer?

¿Qué pasa cuando fallecemos? o más exactamente, ¿Qué se cree que ocurre después de fallecer? Hay distintas ideas y teorías.

Posiblemente, esta siempre será, de forma inevitable, la pregunta sin respuesta más planteada por la humanidad. Lo fue en el pasado, lo es en el presente y lo seguirá siendo en el futuro. Sabemos que no hay forma de volver a la Tierra entre los vivos una vez hemos fallecido. Pero también somos conscientes, aunque lo que pensemos posiblemente dependa de nuestra religión y pensamiento, de que la muerte no es el final. ¿Pero qué es lo que pasa después de morir? ¿qué pasa cuando fallecemos? ¿cuál es el siguiente paso?

No se puede saber. Los únicos testimonios que podemos tener en cuenta son los de los apóstoles y religiosos que han dado fe de ello a lo largo de las épocas, así como las declaraciones de las personas que, por un momento, estuvieron muertas, pero «volvieron». En este último grupo se encontrarían quienes sufrieron, por ejemplo, un ataque al corazón, pero que lograron reanimarlos y seguir con sus vidas.

Muchos de esos testimonios nos hablan de lo que hay después. Algunos coinciden y lo hacen de una manera tan clara que nos decantamos por creer en ello. Otros nos plantean distintas ideas esbozadas difíciles de entender o de visualizar con precisión. Pero ¿Cuánto de esto es verdad y cuánto ha estado generado por el cerebro? Porque se sabe que la mente puede ser la responsable de muchas de las ideas que relacionamos con el final de la vida.

Si tuviera que optar por una vía, una opción, una respuesta, sería la de creer en el más allá. No es tan difícil de ver. A lo largo de cientos y miles de años se han escrito historias, se han hecho referencias y se han ido acumulando datos concretos que no encajan con que el final de la vida sea la muerte. Todo ello no puede ser una simple casualidad. Tiene que haber algo más. Quizá escriba esto influido por el dolor de haber perdido a una persona cercana. Es posible, pero no por ello tiene menos valor ni sentido.

En distintas culturas hay diferentes formas de saber qué ocurre después. Aunque todo parta de la misma fuente: de Jesús, de Dios, del cielo, la forma en la que se describe lo que ocurre varía. A fin de cuentas, llegamos a apreciar con claridad que muchas de las religiones y distintas iglesias que se pueden encontrar a lo largo y ancho del mundo no coinciden en su forma de organizarse y en pequeños detalles, pero en el fondo todas acaban partiendo de un mismo punto de inicio. Eso es algo que tranquiliza.

Por ello, por mucho que seamos cristianos, podemos tener en cuenta los estudios de personajes como Juan de Shanghái y San Francisco, que fue canonizado por la a Iglesia Ortodoxa Rusa fuera de Rusia décadas después de fallecer. En sus escritos contaba cosas interesantes. Por ejemplo, pensamientos globales que reconocemos, como que cuando fallecemos, nuestra alma continúa viva y es lo que nos traslada al más allá y al cielo. En el cristianismo estamos enseñados a esperar que, al fallecer, seremos sometidos a juicio e iremos al destino que nos corresponda dependiendo de cómo hayamos obrado en vida. Podríamos ir al cielo, al purgatorio o al infierno. Se nos dan muchas oportunidades para ser buenas personas y expiar nuestros pecados, por lo que siempre partimos de la idea de que, si vivimos de una manera adecuada, el cielo nos espera.

Pero en la iglesia Ortodoxa existen los 40 días después de la muerte, algo que, por ejemplo, también es tradición en el cristianismo según las tradiciones de Filipinas (donde los españoles llevaron la religión, aunque ellos hicieron algunos ajustes con el paso de las épocas). En los escritos de Juan de Shanghái y San Francisco comenta cómo, después de abandonar nuestro cuerpo, el alma tiene un periodo de dos días de libertad para recorrer el mundo en compañía de su ángel de la guarda. Esto le lleva hasta su funeral, donde las lágrimas de los seres queridos le reconfortarán. En el tercer día ascenderá a esferas más altas.

Será entonces cuando se iniciará un camino en el cual el alma se cruzará con distintos espíritus malignos que acusarán al fallecido de pecados y le tentarán con ello. Por ello, desde la Tierra, los seres queridos del fallecido tienen que rezar por su alma para enviarle toda la ayuda posible y que pueda tener la fuerza y el coraje de alcanzar el cielo.

En todo momento se mantiene la conciencia, pero se pierde el interés y el valor por las cosas materiales que nos sometían en vida. No importan las posesiones, ni los negocios, ni el dinero ni nada similar. Se mantienen los valores personales vinculados al alma y los sentimientos, el amor y todo lo que movió a esa persona a lo largo de su vida.

Poder avanzar y no quedarse atascado en medio del camino es cuestión de, por otro lado, estar en paz. Las personas que fallecen con odio, con sentimientos de ira o represalia o incluso culpabilidad, son las que se encuentran con que sus almas no pueden continuar. Se quedan esos días de viaje vagando por la Tierra, perdidas, intentando resolver lo que les ha quedado pendientes. En algunos casos lo logran con rapidez, mientras que en otros el tiempo pasa y no consiguen continuar con su viaje, quizá para siempre, o quizá hasta que consigan de alguna manera resolver aquello que habían dejado pendiente.

Volviendo a los estudios anteriores. De los 40 días de los que se habla, 37 se utilizan en el proceso del viaje, en el cual el alma se tiene que poner a prueba mientras ángeles y demonios realzan lo bueno y lo malo que hizo esa persona en vida. Después, según estos escritos, el alma visita el cielo y el infierno y lo hace a lo largo del resto de días hasta que, en el día 40, descubre cuál será su destino para la eternidad.

Hay algunas fuentes y escritos que mencionan que las personas que van a fallecer son conscientes, segundos antes de morir, de lo que va a ocurrir a continuación. Se encuentran ante esta verdad y realidad de una manera inmediata por mucho que a su alrededor todavía sean conscientes de que su familia está con ellos acompañándoles en sus últimos momentos. Quizá esa sea la explicación de porqué hay algunas personas cuyas últimas palabras hayan sido tan misteriosas. Steve Jobs, el cofundador de Apple, momentos antes de fallecer miró a su hermana, miró a sus hijos y por último miró a la mujer con la que había pasado la mayor parte de su vida. Después de hacerlo miró más allá de los hombros de toda su familia y, en ese momento, dijo «Oh wow, oh wow, oh wow» en señal de sorpresa. Este suceso podría estar confirmando aquello que mencionamos y que hablaría de la visión que estaría teniendo ante sí y que supondría el siguiente paso en la existencia de su alma. Pero, por supuesto, no lo sabemos.

La ciencia dice que el cerebro posiblemente genera ciertas sensaciones y pensamientos antes de fallecer. Es como si entrara en erupción, lo que podría llevar a tener visiones o a esos momentos tan conocidos popularmente en los que vemos la vida pasar ante nuestros ojos. Se dice que el cerebro, en pleno momento de desconexión, podría activar todos los rincones de la memoria, hasta aquellos que habrían quedado inactivos a lo largo de la vida, lo que llevaría a que tuviéramos imágenes cristalinas de nuestra historia. Por supuesto, la ciencia y la religión siempre se enfrentan en este sentido.

Cada persona puede creer o confiar en lo que crea más conveniente. Es posible que todavía no sepamos exactamente la respuesta real o que haya una mezcla de todo. En sus palabras, Juan de Shanghái y San Francisco dijo que si no estuviéramos creados para tener vida eterna, nuestra vida carecería de sentido y, si terminara con la muerte, ¿Qué beneficio habría de ser buena persona?

A mi particularmente el razonamiento de este personaje ya histórico me parece exagerado y sacado de contexto, e incluso diría que se posiciona en un contexto de exigencia impropio de la fe que debería demostrar. La vida, por mucho que nazcamos para morir, es maravillosa. Cada segundo de nuestra existencia puede ser eterno. Nuestra huella va más allá de la búsqueda de la vida eterna tal y como lo demostramos al tener hijos y mantener una familia que continúa existiendo durante generaciones. Vivimos para disfrutar de la vida y que tengamos razonamiento y capacidad de inteligencia posiblemente ya sea el mayor regalo que debamos reconocerle al mundo, a Dios o a quien tenga la responsabilidad de habernos creado.

No vivimos para ser eternos, sino que vivimos porque la vida es un viaje increíble. Un viaje que está lleno de obstáculos y cuyas cartas se reparten de una manera aleatoria. Pero encontrar la felicidad no es algo que dependa de nuestra posición en la vida, de nuestras posesiones o riquezas. Es algo que depende solo de nosotros mismos, de cuánto queramos ser felices y de lo que nos aporte la felicidad. Sabemos que hay personas que solo son felices siendo millonarias o recibiendo halagos de otras personas, pero también hay quienes son felices cuando salen a la calle durante un día soleado. Y ese segundo, ese momento, ese instante en el cual respiran el aire y sienten los rayos del sol en su cuerpo, es más que suficiente para pensar «la vida es maravillosa».

Habrá momentos en los que dejemos de pensar así. Somos humanos, eso está muy claro. Habrá periodos de tiempo en los que odiemos estar vivos o en los que pensemos seriamente si deberíamos tener un hijo al que traer a este mundo del cual conocemos el final, al menos el terrenal. Pero cuando apartamos la nube, la confusión y la sombra que podemos sufrir en momentos determinados, veremos que de cualquier manera, no hay nada mejor que vivir. Y si la vida es lo que nos entrena o lo que nos prepara para algo después, seguro que seremos dichosos cuando llegue ese momento y veamos el más allá.

En sus declaraciones, también dice que si no hay vida eterna no ve ningún tipo de motivo por el cual ser dichosos y buenas personas. Reitero el mismo pensamiento y razonamiento que he mencionado, puesto que no debería haber ningún motivo, ninguna recompensa que nos motivara para que tuviéramos la intención de ser buenos, de intentar hacer de la vida un lugar mejor para cualquier tipo de persona y para tomar decisiones que no afecten negativamente a los demás. No es difícil, no es algo que esté abierto a discusión, es algo que debería hacerse sin más. A veces es más complicado ser «malo» que actuar dentro de unos modos de comportamiento que consideremos dentro de la ética. Por ello ¿Por qué hacer lo contrario?

No tengo claro si esta conversación, esta lluvia de ideas sobre lo que ocurre después de la muerte, os habrá ayudado en algo. Si habéis llegado hasta aquí por miedo a morir o preocupados por si un ser querido ha fallecido, mi conclusión, sin haber sido probada, por supuesto, es que merece que vivamos la vida al máximo cada uno de los días. Pienso que después hay algo más, que nos espera el siguiente paso por mucho que no pueda decir si una religión coincide, si lo que ocurrirá será una mezcla de varias o si será otra cosa. Personalmente creo que sí nos espera algo más. Me tranquiliza pensarlo al haber perdido a una persona muy cercana a mi. Me alegra imaginar que volveré a verla, que no ha dejado de existir, que su alma está en un buen lugar, que me ve, que ve a su familia, que sabe lo mucho que queríamos a esa persona. Me gustaría que, si os encontráis en una situación similar, podáis sentiros un poco mejor pensando así. Llegará el día en el que todos conozcamos la respuesta a la pregunta. De eso no hay duda.

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