Madagascar, una joya ecológica

Afortunadamente, este mundo en que vivimos aún conserva reductos que han subsistido a la mano del hombre. Uno de ellos es la isla de Madagascar, una joya ecológica de gran valor que alberga especies de flora y fauna únicas en el mundo. En lo que se refiere a la segunda, dos de las más curiosas son el fosa, que vive como un felino aunque pertenece más a la familia de las mangostas, y el aye-aye, del que se ha hablado en otro post.

Afortunadamente, este mundo en que vivimos y al que tan poco cuidamos todavía alberga algunos rincones más o menos vírgenes o, al menos, en los que la mano humana aún no ha entrado en profundidad. Son auténticas reservas ecológicas que constituyen verdaderos tesoros de vida.

Un espécimen de fosa

Un espécimen de fosa

Uno de ellos es la isla de Madagascar, situada en el Océano Índico, al sudeste del continente africano y que, en un tiempo, estuvo unida a él. Gracias a esta separación, esta isla de unos quinientos ochenta mil kilómetros cuadrados -es la cuarta más grande de la Tierra– ha conservado en su suelo especies que hoy son únicas en el mundo, tanto en lo que respecta a la flora como a la fauna.

Y, al menos en lo que respecta a la fauna, serían más si no fuera porque algunas de ellas han desaparecido. Entre las más curiosas de éstas se encuentran los hipopótamos pigmeo, extintos hace unos mil años, y los pájaros elefante, aves de unos tres metros de altura y de cerca de media tonelada de peso.

No obstante, aún quedan muchas especies autóctonas, casi todas en peligro de extinción y que deben ser cuidadas. Junto a las treinta especies diferentes de murciélago, las setenta y cinco de lémures o las catorce de roedores, todas ellas únicas, encontramos auténticas curiosidades de la Naturaleza, como el aye-aye, un primate emparentado con los lémures y cuya estrafalaria apariencia ya ha sido objeto de comentario en un post anterior, o el fosa, que merece un capítulo aparte.


En efecto, este carnívoro –el más grande de la isla y su principal predador-, aunque ha evolucionado como un felino tanto en comportamiento como en apariencia, es, en realidad, un vivérrido emparentado con las mangostas. Su tamaño es, aproximadamente, el doble del de un gato común y su peso unos diez kilos. Pero todo ello no le impide saltar de árbol en árbol a la caza de una presa.

Un aye-aye disecado

Un aye-aye disecado

Como sucede con el ayeaye, las supersticiones locales lo han puesto al borde de extinguirse. El hecho de que se crea que tiene fijación por raptar bebés o que adormece con sus lametones a las personas para luego sacarles las tripas no favorece mucho su conservación.

Se cree que, hoy día, subsisten unas mil quinientas o dos mil unidades de ellos. Y esto sucede pese a que son animales que se adaptan pronto a la domesticación y se muestran afectivos con sus dueños.

Fotos: Fosa: Fossa en Wikipedia | Aye-aye: Agostino24 en Wikimedia

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